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Vertidos tóxicos que parecen no existir

La mañana del 17 de enero, José Antonio Rodríguez, delegado municipal de seguridad ciudadana y portavoz del Ayuntamiento de Écija, relataba, en declaraciones a la emisora Onda Cero, que “el río, al paso por nuestra ciudad, viene de un color negro, un color llamativo y preocupante. Nos hemos puesto en contacto tanto con la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir como, fundamentalmente también con la Guardia Civil a través de la unidad del SEPRONA para ver a qué se debe esto, y nos han comunicado que están viendo, bueno, en este caso, un expediente por una finca ubicada en el término municipal de Casariche que, al parecer, ha realizado un vertido no controlado al río Cabra que, como sabéis, desemboca en el Genil y nos llega a la ciudad de Écija. Ahora mismo están viendo las posibles consecuencias que podría tener esto pero, la verdad es que conforme va corriendo río abajo se van diluyendo, lógicamente, esas consecuencias medioambientales con lo cual, estimamos, a falta todavía de que tengamos más datos y más información al respecto, que haya consecuencias importantes en el río Genil, pero bueno, la verdad es que es una situación llamativa, que ya están las autoridades viendo y analizando la situación, y deviniendo las responsabilidades que pueda conllevar. Estamos en el tema; iremos informando de las posibles consecuencias que haya podido tener a lo largo del término municipal de Écija ese vertido; y esperemos que sean lo más leves posibles”.

A pesar de los titubeos en el discurso de J.A. Rodríguez, quedaba claro que río arriba se había producido un vertido que había perjudicado al Genil, y que la investigación la realizaban Confederación Hidrográfica del Guadalquivir (en adelante CHG) y el SEPRONA. Asimismo, que el Ayuntamiento estaba al tanto de las diligencias y que los ciudadanos podíamos permanecer tranquilos a la espera de información.

Pero pasaron los días, las semanas, y los meses y no supimos nada. El día 5 de abril, La Farruca comienza a consultar a las autoridades. En primer lugar, al Ayuntamiento, tratando de contactar con el propio delegado.

Imposible esa primera mañana. Proseguimos con las llamadas. En la CHG aseguran que no tienen ninguna información al respecto, ningún expediente; los trabajadores que nos atienden ni siquiera recuerdan el caso, apenas 3 meses más tarde. Para tratar de ofrecernos alguna respuesta, solicitan por escrito toda la información sobre el supuesto vertido. Les remitimos copia de la noticia en la prensa local, además de la amplia documentación audiovisual recogida por este medio durante la mañana del 17 de enero en diferentes puntos del río. No se produce ninguna respuesta.

Continuamos la investigación poniéndonos en contacto con las unidades del SEPRONA de Córdoba y Sevilla, que afirman extrañados desconocer el caso. Con el mismo procedimiento, enviamos a sendas comisarías toda la información en nuestro haber, y quedamos a la espera de una contestación que tampoco recibimos.

En los días y semanas posteriores continúan las llamadas a J. A. Rodríguez. Tras innumerables intentos que fueron en vano (solo conseguimos que tomaran nota de nuestra pregunta), logramos hablar con Enrique Pérez, del área de medioambiente de la corporación local, que afirmaba no tener conocimiento del vertido.

¿Cómo desaparece un hecho? Cabe la posibilidad de que CHG y SEPRONA no digan la verdad. Que supieran del vertido, que incluso lo hayan investigado y no lo reconozcan, sin embargo, parece poco probable. Por qué iban a hacerlo.

Es irremediablemente tentador retorcer la historia ante una ausencia o, más bien, ante una negación de información tan abrumadora. ¿Y si el delegado y portavoz mentía y nunca se comunicó nada a unas autoridades que nada saben del vertido? ¿Mentía entonces cuando decía estar en coordinación con los responsables de la investigación? Sería demasiado arriesgado. ¿Y si las otras dos fuentes lo desmentían? ¿Y si alguien, como hacemos ahora, preguntaba después?

Una tercera posibilidad es que sí se alertara a ambos organismos; que estos hicieran su trabajo, pero que los resultados de las hipotéticas pesquisas fueran al cajón. Pero, ¿por qué iban a coordinarse tres instituciones para enterrar un informe y negar lo evidente a quienes preguntamos? ¿Qué pretenden ocultarnos?

El río Genil, a su paso por el Puente de Hierro, presentaba aquella mañana dos colores diferenciados: uno predominante, oscuro, del alpechín; el otro, más claro, que venía de la canalización del arroyo El Salado.

Cuatro meses después, seguimos a oscuras, sin versión oficial u oficiosa. Tanto el delegado como la institución faltaron a su palabra y a su deber público -que, a diferencia de la palabra, es vinculante- de informar a la ciudadanía como merece, más si cabe en situaciones de amenaza al medio natural y a la salud pública. Nunca sabremos el daño que hicieron al río aquellos lodos tóxicos, o de qué forma fueron contaminados los vegetales regados con esas aguas.

Y lo peor es que, aunque el relato sea triste, no es original. El fantasma que contamina los ríos regresa cada temporada, cada año. (Casi) Siempre sin respuesta. Que no se olvide: sin la mentira, la ocultación; de una u otra forma, la complicidad, nuestros ríos no serían lo que son: desagües para la industria.

Por Miguel Ángel Laguna.

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