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Contra la desertización, sembremos

Según las crónicas del naturalista irlandés W. Bowles (Introducción a la historia natural y a la geografía física de España, 1775), contrastadas con la memoria colectiva, la zona geográfica ubicada entre Córdoba y Écija era, a finales del siglo XVII, una tierra deshabitada, con lagunas dispersas y cubierta por lentiscos, diferentes variedades de jaras, y “carrascas”, principalmente encinas y quejigos.

La Cañada del Moro como ejemplo: los agresivos métodos agrícolas acabaron con el curso natural del agua en este tramo. Con su vegetación y su diversidad animal. En la imagen, el resultado tras sepultar el arroyo de La Albina. Ahora, sobre esta tierra crece un olivar super intensivo.


Estos terrenos, apropiados por la monarquía y la ciudad de Córdoba, fueron desguazados a conciencia hasta convertir la dehesa, rica en biodiversidad, en campiña. Al son de las manos de los campesinos llegados para trabajar y de sus familias, hectáreas y hectáreas de tierras fértiles sin cultivar fueron explotadas para el uso agro-ganadero. La dehesa, otrora bautizada como Desierto de La Parrilla por ser huérfana de gente (y de cultivos), se convirtió en viva despensa de los núcleos urbanos vecinos.


Ahora que ya no es dehesa, ni despensa, más que campiña parece desierto. La salud de los acuíferos no deja de empeorar, como sucede con la riqueza natural, la biodiversidad, mermada tras tanto castigo. Según los estudios del Ministerio de Medioambiente y el grupo científico de la ONU para el estudio del calentamiento global, las principales amenazas para la desertización de nuestras tierras son la sobreexplotación del subsuelo -derivada de la conversión a regadío de cultivos que fueron siempre de secano y de una gestión nefasta de los recursos hídricos-; la pérdida de lluvias regulares, que da paso a lluvias torrenciales; y el aumento de las temperaturas que genera el cambio climático. Cabría señalar, además, la proliferación de monocultivos intensivos que, suprimiendo esa cobertura vegetal que hace naturalmente de freno, facilitan la erosión por escorrentía y la consecuente pérdida de tierras superficiales, las más fértiles.

Diferentes tipos de residuos empleados para obstruir el paso del agua al tramo de arroyo sepultado.


Como, tristemente, se puede comprobar aquí, cuánto más áridas (mucha temperatura, poca humedad) sean las tierras, más problemas encontraremos. Más desierto implica menos biodiversidad, menos naturaleza, pero también mayor riesgo de incendios y peores rendimientos agrícolas. Como la campiña, el 80% del territorio patrio está en riesgo de convertirse en desierto antes de que acabe este siglo.


Sin remedios definitivos, la vida nos va en dos objetivos inmediatos: conseguir una gestión sostenible del agua, cada vez más escasa, y un cambio drástico en los métodos de la industria agropecuaria, que debe tornar irremediablemente hacia los preceptos de la permacultura. Es decir, “construir un hábitat humano sostenible, siguiendo los patrones de la naturaleza”. Contra la desertización, sembremos.

Por Miguel Ángel Laguna.

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