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Viaje a Nueva Icaria (II)

Día 2 de viaje, 24 de agosto.

Desperté, y lo primero que oí fue el murmullo de personas hablando fuera del almacén, y por un momento me sentí transportado a mi infancia, a las acampadas que hacía en verano con mis padres y al sonido de las demás vecinas del camping despertándose y desayunando.

Cuando volví de mis ensoñaciones, me di cuenta de que estaba metido en un buen lío. No esperaba encontrar gente allí. Nervioso empecé a dar vueltas, buscando alguna manera de salir de aquella situación, sin que pensaran que yo era un ladrón. De pronto, alguien abrió la puerta. Era un chico joven, y tanto él como yo gritamos del susto.

¿Quién eres? —Preguntó.

¡Tranquilo! No soy ningún ladrón —Respondí yo.

¿Pero qué haces ahí?

No he tenido más remedio que pasar aquí la noche, porque no me dio tiempo de llegar al pueblo antes de que oscureciera.

¡Ah, vale! No te preocupes, continúa tu camino tranquilo. Ya solo te quedan dos kilómetros para llegar.

Me sorprendió mucho la amabilidad con que me trató aquel muchacho. Cuando salí de allí, vi que había muchas personas. Algunas eran mayores, pero sobre todo jóvenes que iban a comenzar su jornada de trabajo en el campo. Las saludé cortésmente, y ellas respondieron sonriendo.

Al retomar mi camino, comencé a sentirme cada vez más raro. Todo me resultaba familiar pero a su vez distinto. Llegué a una pronunciada cuesta que había cerca de la ciudad y me extrañó mucho no ver la gasolinera en la cual solía repostar mi padre, en su lugar, había un cartel que ponía “Bienvenida a Nueva Icaria”. Continué cuesta abajo la carretera, hacia donde se encontraba la ciudad, en lo más profundo de un valle. Las vistas desde ese lugar eran encantadoras. En la parte superior se veía el cielo de un azul celeste precioso. Un poco más abajo aparecían unas lomas serpenteantes y en el centro la ciudad, de un color blanco que llenaba de luz la imagen. Me quedé por un momento extasiado por las vistas, pero la cercanía de la ciudad me llenó de energía y apresuré el paso.

Al llegar, nada estaba igual. Lo primero que me extrañó es que no había ningún coche, ni circulando, ni aparcado en las calles. ¡Era rarísimo! Todos los edificios lucían mucho más bonitos y cuidados. Incluso algunos habían desaparecido. Los balcones rebosaban de flores y plantas diversas, y las calles estaban llenas de personas paseando y conversando. El parque principal de la ciudad tenía un aspecto distinto y precioso; ahora había una gran cantidad de pequeños huertos llenos de verdura de temporada y flores. Era muy agradable contemplar los colores de las distintas plantas; el rojo del tomate, el verde del pimiento y todo el arcoiris de flores. Según caminaba, no paraba de mirar a las personas intentando reconocer a alguien pero, sorprendentemente, ningún rostro me pareció familiar. Cada vez me encontraba más confuso, así que decidí ir corriendo a mi casa y preguntar a mi familia qué demonios estaba pasando. Llegué al barrio de mi familia, y al igual que el resto de la ciudad, lo noté muy diferente. El cambio más importante y que me llenó de alegría fue la ausencia de una fábrica, que con el humo de su chimenea nos asfixiaba. Caminando hacía mí venía un hombre de mediana edad, con la cara tostada por el sol y una larga barba de color moreno a juego con su pelo, al cual le pregunté:

Disculpe, ¿Qué ha pasado con la fábrica que había en esa esquina?

¿Qué fabrica? —Replicó.


La que había ahí —Indiqué.


Hace mucho tiempo que no hay ninguna fábrica ahí…

Cada vez entendía menos lo que ocurría. Ayer mismo esa fábrica estaba ahí y de repente había desaparecido como por arte de magia. Fui corriendo hasta el portal de mi edificio y subí apresuradamente las escaleras. Cuando llegué a la puerta del piso, llamé con nerviosismo, y desde el interior se escuchó una voz diciendo que ya venía a abrirme. No me sonaba familiar en absoluto. Se abrió la puerta y apareció una chica que no conocía de nada.

¿Quién eres? -Le pregunté.
Perdona, pero me parece que primero deberías decirme tú quién eres
—Respondió.
¿Qué haces en mi casa? ¡Es la casa de mi familia! ¡Dile a mi madre que salga! —Grité.
Me parece que estás confundido. Aquí sólo vivo yo, y a ti no te conozco de nada.
¡Eso es imposible! Ayer mismo dormí aquí.
Te digo que eso no puede ser
—Me respondió la chica con gesto y tono de enfado.

En ese momento me dio una fuerte taquicardia, estaba sufriendo un ataque de ansiedad. Como una ensoñación, se me vino a la mente la imagen de aquel maldito aparato, pero en este caso en su pantalla aparecía un número seis y luego se inició una cuenta atrás… seis, cinco, cuatro, tres , dos, uno cero… y en ese momento sentí como mi cuerpo caía fulminado. Desperté, y frente a mí se encontraba la chica que estaba en mi casa. Tenía el pelo de color castaño oscuro, dos grandes ojos almendrados negros y unos labios carnosos entre los cuales se veía una dentadura bonita. Su piel era morena, su estatura normal, y en su cara podía leerse cierta preocupación.

Obra de Juan Manuel Luna (Zambra-Baladre, 2013).

¿Estás bien? —Preguntó.
Creo que si… —Contesté. Vaya golpe te has dado.
Por favor, ayúdame —Supliqué.
¿En qué puedo ayudarte? ¡No entiendo nada!… ¡No entiendo nada de nada!
¿Cómo que no entiendes nada?
¡Pues eso! Que desde que toqué aquel extraño aparato el mundo ha cambiado.
Uf chico… Creo que te has golpeado más fuerte de lo que parecía. Te llevaré a que te vea el médico del barrio.
¡No! ¡No es eso!
Confía en mí, será lo mejor.

Yo sabía que no me había pasado nada con el golpe, pero me encontraba bien junto aquella chica, y pensaba que me vendría bien que me mirara el golpe un médico. Quizás podrían ayudarme a entender mejor qué estaba ocurriendo. Ella me llevó a una casa bastante grande. Se encontraba donde yo recordaba que antes había un solar abandonado. La casa estaba rodeada de un hermoso jardín repleto de estanques, fuentes y bancos para sentarse. Además había aparatos y pistas para realizar ejercicio físico.

Recorrimos el camino central del jardín que conducía directamente a la puerta principal de aquella casa. La puerta era de un alegre color verde y de forma ovalada en su parte superior y a los lados había un par de ventanas, esquema que se volvía a repetir en la segunda planta. Justo encima de la puerta se podía leer un cartel donde ponía “Casa de Reposo y Salud”, y la verdad es que no se parecía en nada a los hospitales y centros de salud a los que estaba acostumbrado. En la entrada había una mesa de información. La chica que me acompañaba, se acercó a la mujer que allí se encontraba, y le dijo que había sufrido un desmayo y me había golpeado, y que sería conveniente que me viera el médico. La mujer me miró y nos indicó que pasáramos por la única puerta que estaba abierta. Lo hicimos, y más adelante había una especie de sala de espera, con varios sillones muy cómodos. Enseguida nos sentamos.

En un momento nos atenderá el médico, ya verás. Si quieres ojea algún libro mientras —Dijo la chica.
Vale —Contesté.

Junto a cada sillón había un pequeña mesa con varios libros de temáticas diversas. Uno de poesía llamó mi atención. Comencé a leer, pero no conocía ni las poesías que aparecían ni a sus autores. Desde luego era mucho mejor que las revistas del corazón que acostumbraban poner para las esperas en otros lugares. Desde pequeño tenía la manía de mirar en qué fecha se había publicado cada libro y para no perder la costumbre me dispuse a hacer lo mismo:

¡Esto no puede ser verdad! —Exclamé.
¿El qué? —Preguntó la chica.
Aquí pone que este libro fue publicado en 2050.
Sí,
la verdad es que es bastante antiguo.
Es imposible que se haya publicado en 2050 porque estamos en 2012. Estás loco, el golpe te ha dejado tarumba… ¡Cálmate por favor!

En medio de la excitación llegó el doctor:

¿Qué ocurre aquí con tanto escándalo? —Preguntó enfadado.
Doctor, este muchacho ha sufrido un desvanecimiento, y creo que el golpe que se ha dado en la cabeza le ha afectado seriamente. Piensa que estamos en 2012 —Dijo la chica preocupada.
¡Claro que estamos en 2012!… al menos ayer lo era… —Dije yo.
Cálmese, estamos en 2066. Debes estar aturdido por el golpe. Te traeré una infusión de hierbas para que te relajes.

Seguía aturdido con la noticia, yo sabía que no estaba loco.

Le di un sorbo a la infusión y sentí una profunda relajación. Mis párpados comenzaron a sentirse muy pesados. Cada vez me era más difícil mantenerlos abiertos, hasta que los cerré por completo.

Juan Manuel Luna.

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