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Viaje a Nueva Icaria (IV)

Día 4 de viaje, 26 de agosto.

Sofía llegó temprano a recogerme y me trajo pan. Desayunamos juntos en la cocina y luego salimos a la calle. Me dijo que íbamos a ir al centro de abastecimiento, a por cosas para mí. Me pareció muy buena idea y salimos caminado hacía allí.

Hacía muchísimo calor en la calle, al contrario que en el piso. Llegamos a la plaza de abastos y me encantó el bullicio de personas que se podía oír. La plaza era un edificio rectangular, con un patio en el centro y alrededor de ese patio se repartían las distintas paradas. Había de todo; verduras, fruta, ropa, calzado, pan y muchas cosas más. Hasta ahí, todo era normal. Lo extraño era que, por más que miré, no vi que nada de lo que se ofertaba en los puestos tuviera marcado el precio.

¿Por qué no tienen puesto el precio los productos de los puestos? —Pregunté a Sofía.

Pues porque no tienen precio. —Me respondió de manera burlona.

¿Cómo? —Insistí.

Que no hay que pagar por ellas.

¿Pero eso cómo puede ser?

Son cosas básicas para la vida, y están disponibles para todo el mundo ¿En tu época había que pagar también por estas cosas? —Me preguntó.

Si, había que pagar por ellas.

¡Vaya! Sabía que pagabais por muchas cosas, pero nunca hubiese imaginado que por éstas también. Supongo que, al menos, todo el mundo podía pagarlas, ¿no?

Eh… la verdad es que había gente que no. —Contesté con vergüenza.

¡Qué locura! —Exclamó horrorizada.

Y, ¿cómo hacéis para ofrecer esto a todo el mundo? —Pregunté, con afán de retomar el curso de la conversación.

Bueno, es fácil. Los jóvenes pasamos dos años desde los 18 a los 20 realizando las tareas más duras físicamente, derivadas de la producción de todo este tipo de productos.

Pero, ¿Cobráis por ello, no?

¿Cobrar? Creo que no.

¿No cobráis? Pues vaya manera de explotaros.

No, no es explotarnos. Ofrecemos dos años de nuestra vida, cuando nuestros cuerpos están más fuertes, para realizar las tareas más duras físicamente. Luego, el resto de la vida ya podemos dedicarnos a los que más nos guste, y podemos acceder libremente a estos productos, porque otros jóvenes los estarán produciendo para todas, ¿No te parece bien?

Pues la verdad es que visto de esta manera, parece bastante justo y práctico.

¿Qué te parece si comenzamos a buscar las cosas que necesitas?

-Vale! —Respondí encantado.

Nos acercamos al puesto de ropa. Toda estaba muy bien ordenada por épocas del año. Verano, invierno o entre tiempo. Toda era cómoda y simple. Comencé a observar la ropa de verano y encontré tres camisetas y otras tantas calzonas, que me resultarían muy útiles para estos días calurosos. Luego, hicimos un recorrido por varios puestos de comida. Me sorprendió que hubiera de todo, y que todo lo produjeran ellas.

¿Cómo podéis producir tanta variedad de cosas? —Pregunté.

No lo hacemos. —Respondió tajantemente.

-¿No lo hacéis?

No, sería imposible que produjéramos todo lo que necesitamos.

Y, ¿de dónde lo sacáis entonces?

Pues lo intercambiamos con otras ciudades y confederaciones.

Ah… Entonces existe el comercio.

-Bueno, en cierto modo sí, pero nuestro comercio está basado en la cooperación y solidaridad, mientras que el de tu época residía en la competencia e individualidad. En la actualidad, los intercambios entre ciudades, o interconfederaciones, se producen para asegurar que todas las personas de todas las partes del planeta tienen lo necesario para su desarrollo.

-¡Es maravilloso! —Respondí extasiado.

Me alegra que lo comprendas y lo compartas. —Agregó Sofía, con una brillante sonrisa en su rostro.

-¿Qué tal si ahora nos vamos a preparar algo delicioso con las cosas que tenemos? ¡Estupenda idea! —Respondí, mientras intuía en su tono y sus gestos cierta felicidad por mi proceso de adaptación.

Obra de Juan Manuel Luna (Zambra-Baladre, 2013).

Juan Manuel Luna.

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