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Viaje a Nueva Icaria (V)

Día 5 de viaje, 27 de agosto.

Sofía me recogió temprano, y fuimos a por dos bicicletas comunitarias que estaban en la calle. Las bicicletas estaban allí para que las cogiera quien quisiera y no tenían ningún sistema de seguridad. Le pregunté si no les preocupaba que alguien las robase, y ella me contestó que no existía necesidad de robarlas, puesto que estaban ahí para que las usaran cuando quisieran.

Recordé que no había visto casi ninguna medida de seguridad por ningún sitio y era normal, ya que todo el mundo tenía lo necesario para vivir. Esto me hizo pensar en que un reparto justo de la riqueza, elimina mucha más delincuencia que todos los estados policiales juntos. La pobreza y la riqueza son las madres de la delincuencia. Sofía me explicó que iríamos al campo a ver cómo producen alimentos. Fuimos en las bicicletas, que tienen un mecanismo muy útil, con el que, mediante energía eléctrica autoproducida, se genera un impulso considerable, que facilita el ascenso de pendientes y cuestas. De esta manera, el paseo resultó enormemente agradable.

Tras un cuarto de hora llegamos a un lugar similar al sitio donde pasé la primera noche en esta época. Había multitud de personas jóvenes recolectando tomates, berenjenas, melones y otras muchas verduras de temporada. Junto a ellas había un camión, donde ponían las barquetas con las verduras. Era el primer camión que veía desde que desperté.

-¿Y ese camión? —Pregunté a Sofía.

Es útil para hacer la tarea más fácil.

-Pero yo pensaba que no usabais apenas tecnología.

Eso no es verdad. Simplemente la usamos de manera distinta a tu época. Nosotras no podemos derrochar energía como hacíais antes. Por eso utilizamos la tecnología que necesita de algún tipo de energía, pura y exclusivamente para las cosas de real importancia, como producir alimentos. Todo nuestro tejido productivo funciona gracias a una sostenible y eficiente mezcla de fuerza mecánica y animal. Como puedes ver este tipo de cultivos se recolectan manualmente con el apoyo del camión, pero el arado de la tierra y la cosecha de algunos cultivos, como el trigo, se hacen con tractores, similares a los que había en tu época además practicamos una agricultura respetuosa al máximo con el medio ambiente libre de agentes tóxicos.

Mientras Sofía se esforzaba en explicarme con todo lujo de detalles cada uno de mis interrogantes, las personas que estaban trabajando, terminaban sus tareas muy veloz y eficazmente, debido a que eran muchas y estaban muy bien organizadas.

¿Cómo hay tantas personas trabajando aquí? —Pregunté.

Pues porque toda la comunidad participa de las tareas. En este caso, todos los jóvenes entre 18 y 20 años, como te comenté ayer. En nuestra época repartimos el trabajo y las tareas entre todas. De esta manera las tareas se realizan mejor y en menos tiempo.

¿Entonces no hay personas sin trabajo?

Claro que no, todas desempeñamos alguna función gratificante y útil para la comunidad.

Es muy interesante. —Respondí.

Tras esta charla, nos sentamos sobre la mullida tierra. Se acercaba el mediodía y comenzaba a hacer calor. El ambiente estaba inundado por un agradable olor a humedad, proveniente de la evaporación del agua de las plantas. Alcé la mirada, y observé detenidamente el paisaje que se abría frente a mí. A la izquierda se levantaba el granero donde almacenaban los productos cosechados; en el centro se situaban los surcos con las distintas verduras, y todas tenían muy buen aspecto; a la derecha había otro almacén donde guardaban la maquinaria necesaria para trabajar la tierra, y al fondo se veía una gran extensión de rastrojos, que debió haber sido trigo. Nos quedamos un rato tumbados, en silencio, y comencé a pensar en la forma de producir que tenían en esta época. En ese momento me percaté de que, hasta entonces, no había visto ninguna fábrica.

Sofía, ¿En esta época hay fábricas? —Pregunté.

-Claro que sí. —Contestó.

¿Y cómo son? Si te apetece podemos ir ahora a ver una.

¡Vale! —Contesté entusiasmado.

Nos levantamos de aquel estupendo prado, y emprendimos el camino en bicicleta hasta la fábrica. Tras un cuarto de hora llegamos a una colina. En su cima se levantaba un enorme edificio de forma rectangular, de aspecto similar a las naves industriales de mi época, pero con la peculiaridad de que sus paredes eran transparentes. Esto permitía ver su interior. Subimos la empinada cuesta con la ayuda de nuestras bicicletas, y rápidamente llegamos a la puerta principal que, al igual que las paredes, también era transparente. Entramos, y me sorprendió ver que no había ninguna persona trabajando. Sólo había una especie de cadena de montaje operada por robots que realizaban el trabajo, y una especie de oficina de color metálico, con dos pequeñas ventanas a los lados y una puerta en el centro. Precisamente mientras escudriñaba la puerta con mi mirada, se abrió y por ella salió un chico joven que comenzó a caminar hacía nosotras. Era alto, de complexión fuerte. Sin embargo, su rostro era dulce y redondeado, y sus ojos de un bonito color verde.

Hola. —Saludó cortésmente.

Buenas tardes. —Respondimos al unísono Sofía y yo.

¿En qué puedo ayudaros? —Preguntó.

Pues veras Javier, él es Pablo, es nuevo en la ciudad y le gustaría conocer cómo funciona la fábrica. —Respondió Sofía señalándome con la mirada.

Estupendo, acompañadme y os mostraré el funcionamiento de la fábrica. Por cierto Pablo, como ha dicho Sofía me llamo Javier. Encantado de conocerte.

-Igualmente. —Contesté.

Javier, nos explicó que ésta era una fábrica de componentes y sistemas de energía solar. Al parecer, tanto la ciudad como la fábrica, eran de las más importantes en este campo, y producían para varias confederaciones. Nos fue mostrando y explicando cada paso de la cadena de montaje, y me impresionó mucho ver que prácticamente todo el proceso estaba automatizado y realizado por brazos robóticos y artilugios mecánicos. Escuché atenta y educadamente las explicaciones de Javier, pero estaba deseando que terminara para poder realizarle preguntas y resolver mis dudas.

-Javier, has dicho que producís para otras confederaciones, pero ¿qué medio de transporte utilizáis para hacerles llegar la mercancía? Porque yo, por el momento, sólo he visto bicicletas. – Pregunté.

Pues principalmente utilizamos el tren y en casos en los que enviamos productos a otros continentes, también utilizamos el barco. —Respondió Javier.

Pero, yo no he visto nada de eso en todo el tiempo que llevo en esta época. —Dije incrédulo.

Debido a la escasez energética, el transporte de mercancías se produce de manera muy racionada y sostenible. Por ese motivo, no es muy habitual ver un camión o un tren.

-Y, ¿cuántas personas trabajan en esta fábrica?

Pues trabajamos 2 personas por turno.

¿Sólo dos personas por turno? —Pregunté sorprendido.

Sí, date cuenta que la mayoría de las tareas están automatizadas. Nuestra función es únicamente la del mantenimiento de instalaciones. En esta época evitamos realizar trabajos tediosos y repetitivos. Procuramos que los trabajos que realizamos a pesar de requerir nuestro esfuerzo, sean gratificantes.

Y, ¿por qué la fábrica es transparente?

Pues porque las vistas desde esta colina son muy hermosas y de esta manera no tenemos sensación de estar en un espacio cerrado y el entorno es menos opresivo.

¿Ésta es la única fábrica de la ciudad?

-No, hay otras dedicadas a la alimentación y a la fabricación de productos básicos.

-Y, ¿qué tiene de particular esta fábrica?

-Pues, que es una fábrica especializada, es decir, que no la hay en todas las ciudades. En cada ciudad hay una fábrica de este tipo que abastece a las demás ciudades de productos que necesitan de un alto grado de tecnificación y especialización.

Es muy interesante.

Luego, nos despedimos de Javier enormemente agradecidos. Salimos de la fábrica y cogimos de nuevo nuestras bicicletas. Fue una maravilla bajar la colina a toda velocidad. Me encantó sentir la fuerza del viento en mi cara y en mi pelo.

Obra de Juan Manuel Luna (Zambra-Baladre, 2013).

Juan Manuel Luna.

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