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Viaje a Nueva Icaria (VII)

Día 7 de viaje, 29 de agosto.

Hoy Sofía no podía acompañarme, así que me tocó ir solo a seguir explorando la ciudad. Me he levantado temprano, me he dado una ducha y he tomado un buen desayuno. Más tarde, he bajado la ropa sucia a la lavandería colectiva situada en la planta baja. Almorcé y me eché una larga siesta.

Me costó un poco, pero finalmente decidí salir a pasear por mi cuenta. No muy lejos de mi alojamiento, recordaba que había una escuela y todavía no sabia nada de cómo funcionaban aquí, así que emprendí camino hacía allí. Desde fuera era muy similar a los demás edificios comunitarios que he visto, con la diferencia de que su tamaño era sensiblemente mayor. Llamó mi atención el hecho de que ni el jardín ni el patio tenían ningún tipo de vallas para impedir que las niñas y niños se escaparan. En el exterior, había multitud de espacios para juegos, zonas deportivas, juegos de mesa y juegos de lógica. El edificio era de un brillante color blanco que reverberaba por la acción del sol, y provocaba que hubiera que entornar los ojos para mirarlo. Su estructura era rectangular, con un espacio diáfano en el centro, en torno al cual se distribuían las instalaciones de la escuela. Entré en la sala central y era impresionante la cantidad de niñas y niños que había allí. Al parecer llegué a la hora del recreo, porque todas estaban haciendo lo que querían. Algunas estaban jugando, otras dibujando, muchas estaban en el patio haciendo deporte.

Me acerqué a la primera persona adulta que vi. Tenía el pelo color castaño y muy ensortijado. Su piel era blanca, aunque un poco tostada por el sol debido a la época en la que nos encontrábamos. Sus ojos eran de color verde, su cara expresaba amabilidad, era delgada y en general por su aspecto debería tener unos 40 años.

¡Hola! ¿Dígame? —Contestó.

-¿Es usted maestra o profesora de esta escuela?

-Sí que lo soy. —Respondió.

Pues verá, estoy de visita en la ciudad, conociendo su funcionamiento y me preguntaba si usted podría enseñarme la escuela.

¡Pues claro que si! —Exclamó con alegría.

¡Estupendo!

Este espació tan amplio que hay en el centro, ¿Qué es?

Este es el salón principal. Su función más importante es la de espacio para las asambleas.

¿Asambleas? —Pregunté.

Si, claro. —Afirmó.

Perdona, pero no sé nada de nada de cómo funciona la escuela. ¿Podrías explicarme por encima el funcionamiento, antes de visitar los distintos espacios?

De acuerdo. Verás, la escuela está concebida como una ciudad en pequeño, pues su principal función es que las alumnas se desarrollen como ciudadanas. Aprenden según su necesidad, es decir, ellas son las que deciden qué quieren aprender. Son dueñas de su camino de aprendizaje.

Un momento, un momento… eso no puede ser. Ustedes tendréis que marcarles las cosas para que aprendan, si no, no aprenderán nada.

No, no es así. Aquí huimos del antiguo sistema, en el cual, la función de la alumna era memorizar conceptos que los adultos entendían necesarios. Aquí se crean las condiciones para que las alumnas decidan aprender.

-¿Y cómo lo hacéis?

Te explico, al ser como una ciudad en pequeño, las alumnas tienen que hacerse cargo de todas las tareas para que la escuela funcione. Ellas preparan la comida, mantienen el edificio, etc. Para poder realizar esas tareas, necesitan desarrollar una serie de destrezas, como son contar y sumar para poder controlar las cantidades de una receta, escribir para tomar acta en una asamblea, etc. Todas esas tareas, además de las conductas de imitación hacia las compañeras mayores, hace que vayan aprendiendo con nuestra compañía.

-¿Y cuál es vuestro papel como educadoras?

Acompañarlas en su desarrollo como personas, responder a sus necesidades de formación, estar a su lado para transmitirles los conocimientos que necesiten, realizar un seguimiento individualizado del proceso de cada personita para ver sus progresos y cuidar de su integridad física mientras están en la escuela.

Cuéntame como sería el recorrido de una alumna desde que entra de pequeña a la escuela hasta que termina de adulta. —Sugerí.

-Pues entran con tres años en la escuela y, en esta etapa, comienzan aprendiendo sobre todo a través del juego. Las distintas actividades que les proponemos hacen que vayan apareciendo en ellas las primeras necesidades de aprendizaje. Según van creciendo, van participando de manera más activa en la asamblea de gestión de la escuela y van asumiendo responsabilidades y tareas. Además, van observando como las personas mayores que ellos pasan tiempo estudiando, leyendo, aprendiendo matemáticas, geografía, biología, etc. Esto hace que ellas también quieran aprender esas cosas. A medida que van creciendo aprenden por un lado a relacionarse en la sociedad, y por otro lado, a través de las tareas que asumen de la escuela, van conociendo su vocación en la vida. Normalmente, cuando llegan a los 18 años, todas han adquirido un nivel cultural óptimo y tienen una idea clara de qué quieren aportar a la sociedad.

-¿Y van a la universidad?

Bueno aquí es un poco distinto; a los 18 años acuden al cuerpo juvenil, que ya conocerás, dónde pasaran dos años realizando funciones necesarias para la sociedad, dependiendo de sus intereses. Pasaran estos dos años en una tarea o en otra. Si tienen motivación por la medicina, pues serán asignados a la casa de reposo y allí irán aprendiendo su vocación y cerciorándose de que realmente le gusta.

-¿Y luego? —Pregunté con curiosidad.

Tras esos dos años, pueden asistir a la escuela comarcal específica, donde aprenderán, en profundidad, todo sobre la profesión que han elegido.

-Es muy interesante el funcionamiento del sistema educativo de esta época ¿Puedes enseñarme la escuela?

Claro que sí.

Lo primero que me mostró fueron las bibliotecas o salas de estudio, en las que aprendían matemáticas, lengua, etc. El alumnado estaba siempre acompañado de maestras que explicaban temas de interés o dudas, de manera individual y cuando era necesario. Tenían a su disposición multitud de libros con los cuales aprender.

Después, me mostró la cocina y el comedor, donde aprendían y cocinaban. Era muy curioso ver cómo las mayores iban enseñando a las menores, y resultaba entrañable ver a algunas peques, de apenas 6 años, con sus delantales y aliñando ensaladas. También vi los huertos dónde adquirían conocimientos para cultivar. Me asombró ver a todas aquellas niñas y niños jugando y aprendiendo, mientras realizaban todas aquellas tareas. Había responsables de cada parte de la escuela. El sistema funcionaba. El alumnado gestionaba la escuela, de la misma manera que sus padres la ciudad, y aprendían todo lo necesario. Además, socializaban y pasaban muy buenos ratos jugando con las demás.

Me fascinó el sistema educativo de esta época. Después de tan enriquecedora experiencia, y con la cabeza llena de pensamientos y reflexiones, me fui de vuelta a mi alojamiento a descansar.

Obra de Juan Manuel Luna (Zambra-Baladre, 2013).

Juan Manuel Luna.

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