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Viaje a Nueva Icaria (IX)

Día 9 de viaje, 31 de agosto.

Hoy, aunque me desperté temprano, tardé mucho en levantarme. La cabeza me daba vueltas pensando. Lo primero que me preocupaba era que echaba mucho de menos a mi familia y amigas, y la segunda y más difícil, a quién debía traer a esta época y a quién dejar allí.

Después de levantarme, fui al parque más grande de la ciudad para encontrarme con Sofía. Caminé hasta allí por las estrechas calles, huyendo incansablemente del ardiente sol del verano. El suelo ardía bajo mis pies y al mirar a la lejanía podía ver como si se derritiera y moviera el horizonte. Llegué al parque acaloradísimo y muerto de sed. Por suerte junto a una de las tres entradas, había una paradita con zumos naturales fríos.

¡Qué maravilla! Mientras disfrutaba del delicioso zumo, miré con detenimiento el parque. Tenía forma rectangular, por el centro discurría un sendero que conectaba los dos puntos más distantes. A ambos lados del camino había bancos y hermosos árboles, que daban muchísima sombra y aliviaban las altas temperaturas estivales. Tras andar unos 300 metros, vislumbré a Sofía y al Doctor, que se encontraban sentados en uno de esos bancos. Aceleré el paso y en unos segundos llegué hasta su altura.

– ¡Hola! — Saludé alegremente.

– Buenas tardes —Contestó el Doctor.

– ¡Hola Pablo! —Saludó efusivamente Sofía levantándose del banco y abrazándome.

Me senté junto a ellos en el banco y comencé a conversar sobre cosas triviales con Sofía, hasta que el Doctor me miró con gesto serio y comenzó a hablarme.

– Pablo, has terminado el período de adaptación de manera muy positiva, y nos gustaría saber qué has pensado. —Dijo con seriedad.

– Pues he pensado mucho, sobre todo en la soledad de mi habitación, y esto me encanta, me parece un autentico paraíso en la Tierra —Contesté.

– ¡Estupendo! Me alegra mucho que estés contento aquí ¿Qué familiares vas a querer que traigamos para que te acompañen? —Me preguntó el Doctor.

– A ninguno. —Respondí tajantemente.

– ¿Cómo? —Preguntó Sofía sorprendida.

No quiero que traigáis a nadie aquí, lo que quiero es volver a mi época. —Respondí.

¿Para qué quieres volver a tu época? —Preguntó el Doctor.

– Pues para luchar porque los valores de este sistema desborden en mi época y la evolución se produzca lo más rápido posible. Porque este mundo es urgente para mi gente. —Respondí serenamente.

Me parece hermoso por tu parte, pero no puedes volver a tu época por mucho que quieras. —Dijo Sofía.

– Bueno, imposible no es Sofía. Hay una manera, aunque nunca se ha probado. —Comentó el Doctor.

– Estupendo. —Dije yo.

– Bueno Pablo, debo decirte que es muy peligroso y que no puedo darte ninguna garantía de que vuelvas a tu casa.

– No importa Doctor, debo intentarlo.

– ¡Esto es una locura! ¡No lo hagas! ¡Pablo por favor! —Exclamó Sofía.

Continuamos largo rato conversando. Sofía estuvo intentando convencerme de que no lo hiciera, de que mi actitud era muy irracional. Sin embargo, mi corazón, o mi inconsciente, me decía que esa era la mejor decisión.

Obra de Juan Manuel Luna (Zambra-Baladre, 2013).

Juan Manuel Luna.

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