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¡Con el Rey o contra el Rey!

Helicópteros sobrevuelan a baja altura la ciudad. En los flancos, cuerpos de seguridad fusil en mano; el centro, acordonado e inundado de Policía. Vivas al rey. Balcones con banderas. Vecinos de gala. Agentes encubiertos. Así se despierta mi pueblo en esta extraña mañana de febrero.

La visita de los representantes de la monarquía, acompañados de Isabel Celaá, ministra de Educación, y del presidente de la Junta de Andalucía Juan Manuel Moreno, altera desde hace días la normalidad de una localidad pequeña que, como tantas, está poco acostumbrada a visitas de renombre. Para muchos, emocionados con la noticia, Écija tendrá hoy lugar en el mapa. Quizás, piensan, se hable bien de nosotros. Quizás, los turistas vengan ahora atraídos por la estela real. Quizás, pensamos otros, solo se trate de un agradecido inciso en la rutina.

Sin embargo, en un bando vecinal imbuido de grandeza e historicidad, el alcalde anunciaba hace unos días la visita real al tiempo que nos instaba a nosotros, ciudadanos, a mostrar “nuestro respeto, consideración y agradecimiento por su visita y el reconocimiento a esta máxima institución”. Así fuéramos republicanos -como se presupone de su partido-, David García Ostos, el alcalde, pedía además que hiciéramos evidente “la conciencia de la importancia de la ocasión que vamos a vivir”. Que nos dejáramos invadir por la emoción de “un gran momento” como éste que, según él, “pasará a los anales de la historia” de Écija. Pero, más allá de la pompa y el discurso de lacayo, ¿Qué importancia real para la vida de los ciudadanos tiene esta visita, alcalde? ¿En qué datos basa afirmaciones tan grandilocuentes? ¿Mejorará el empleo? ¿Los salarios? ¿Se corregirán las múltiples deficiencias sanitarias de la localidad? Y en materia educativa, ¿Se resolverán las quejas de los padres y madres de los colegios ecijanos? ¿Debemos esperar que sea esta monarquía quién salve a nuestros vecinos del fondo buitre que quiere expulsarlos de sus casas? ¿Porqué no merecen un bando a la medida todas estas cuestiones?

La desmedida exaltación de las instituciones se ha hecho evidente en la actuación municipal de los últimos días. Además del bando comentado, el Ayuntamiento ha ordenado la limpieza exhaustiva de múltiples zonas de la localidad por las que debían transitar los monarcas. Barrios que formaban parte del recorrido como El Valle o La Paz, habitualmente abandonados, presentaban estos días un aspecto tan pulcro que hasta producía extrañeza. Con los escasos efectivos municipales de jardinería, que se reconocen insuficientes para las labores cotidianas, se han desbrozado y limpiado en profundidad zonas verdes y parques. Se han desplegado cuerpos de seguridad durante días para el análisis del viario, las alcantarillas y los edificios próximos al itinerario, entendiendo -la Casa Real- que la seguridad de los monarcas debía estar comprometida en este pueblo pacífico. Se han repartido miles de banderas para exaltar el patriotismo nacional y secado el suelo para que los reales pies de los monarcas no sufrieran contratiempos. Y, al contrario de lo que sucede con los plenos de la corporación, se ha retransmitido todo en directo desde la televisión municipal. Todo a disposición de la monarquía. Todo pagado con el dinero de los contribuyentes. ¿Por qué no merecen tal atención los problemas de los ciudadanos?

Qué lejos queda el “¡Con el Rey o contra el Rey!” que pronunciara el socialista Indalecio Prieto en 1930. Y es que desde los tiempos de la II República, la izquierda vive huérfana de voces republicanas o anti monárquicas de notoriedad. Ni en la denominada Transición de 1978, ni en los convulsos tiempos de quince emes y partidos mafia, nadie -salvo determinados colectivos o individuos, generalmente de naciones históricas como Andalucía, Cataluña o País Vasco- parece cuestionar con valentía el derecho a decidir democráticamente qué régimen político queremos. Al contrario, seguimos viviendo estos espectáculos anacrónicos y asistiendo a la genuflexión de casi todos -ha de reconocerse la no asistencia del representante local de IU- ante la monarquía. Pero, ¿Cómo pueden tolerar, aquellos que se dicen demócratas, que la jefatura del Estado recaiga siempre sobre una misma familia, de forma vitalicia e impuesta? ¿Cómo puede asumirse que un monarca sea, por cuestión divina, inviolable e irresponsable ante la justicia? ¿Qué progreso podemos esperar de un sistema político medieval? Por ende, ¿Qué respeto puede merecer esta monarquía? Es un insulto a la razón.

Por Miguel Ángel Laguna.

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