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El Régimen que todo lo ve

David Ruiz Rosa.

Corría el año 1975. Septiembre resultaba pesado, como siempre en España. A un bochornoso verano, le comenzaba a suceder un frío otoño, que golpeaba más aún a través de un clima político donde la dictadura del Nacional-Catolicismo de Franco se esforzaba en dejar todo atado y bien atado. Golpeaba con fuerza, prevenida de que serían sus últimos golpes. En Madrid, en sus calles, un grupo de personas buscaban atención, se armaban de un megáfono, y hablando en francés, se posicionaban contra la pena de muerte. En sus palabras, se oían los presagios de los últimos giros del garrote, que anunciaban la pena de muerte para dos miembros de ETA y ocho miembros del FRAP, de los cuales, dos eran mujeres embarazadas. Los últimos asesinados de una dictadura que, a contrarreloj, quería dejar un memorándum para lo que vendría después. Un tipo francés, calvo, con un suéter de cuello alto, decide leer un manifiesto, pese a haber recibido la oposición del que, en aquella época, era líder del Partido Comunista Español, Santiago Carrillo. Sólo llega a leerlo en francés, pues antes de comenzar la traducción al castellano, fueron abordados por la policía franquista, que detiene a todos los que pueden, tanto a los franceses, como a los periodistas que se hacían eco del acto, entre golpes y violencia. 

A lo largo de la historia del pensamiento humano, especialmente en la Política (o Filosofía Política, mejor dicho), la noción de Poder ha resultado esencial para comprender las relaciones de dominación, su legitimidad, y su ejercicio. En Nicolás Maquiavelo, encontramos el surgimiento de, lo que podríamos denominar, un planteamiento moderno de la Política. Y la noción sobre el Poder va a estar en el centro de la cuestión política. Se podría decir que Maquiavelo propone una cierta esencia natural en el ser humano, que lo condiciona a un ejercicio de fuerza ante otros semejantes, caracterizando el ejercicio del poder con una legitimidad violenta, es decir: el poder se ejerce y legitima en la posibilidad de aplicar, en mayor medida, la fuerza necesaria para someter a quien se domina. Recordando aquella justificación natural de la esclavitud que hacía Aristóteles, al cual, seguramente, Maquiavelo leyó: hay humanos que por naturaleza nacen para dominar, y otros para ser dominados, aunque en la dominación por la fuerza y la conquista, no se encuentra la misma virtud y nobleza, y no supongan un orden tan justo, como el de la simple aceptación natural de aplicar bien la ciencia de dominar, y la de ser dominado (amo y esclavo como relación instrumental unitaria: uno sabe como dominar, el otro se deja dominar). 

Frente a Maquiavelo, y su teoría naturalista de la dominación, encontramos a Jean-Jacques Rousseau, considerado su pensamiento base de nuestros sistemas democráticos modernos. Si bien el Contrato Social de Rousseau, aparentemente, se muestra como un escrito magnífico para ejemplificar el poder del Pueblo, resulta bastante perverso, y no cuesta mucho percatarse de que la misma iluminación aparente que arroja a la política, guarda en ella misma una oscuridad difícil de percibir, ante ojos ingenuos, justificando un régimen tiránico de unos pocos (por supuesto, una lectura ideal para las actuales “democracias” neoliberales). Sin embargo, esta relación entre autoridad-obediencia, dominador-dominados, se encuentra bastante abordada en Rousseau, constituyendo un objetivo fundamental, y casi obsesivo, en el pensador francés de la Ilustración. 

¿Cómo encontrar una justificación ante el Poder, sin destrozar todo ensueño de Libertad? 

Evidentemente, el Estado ejerce el poder, lo cristaliza en su Ley, y en la figura del gobernante ante los gobernados, del Estado ante los súbditos. Cómo constituir un Estado entre individuos “libres”, se convierte en un ejercicio de malabares, ante la necesidad de Rousseau por legitimar el papel de un Estado, y con ello la dominación del mismo ante sus ciudadanos. Y por supuesto, Rousseau no estará de acuerdo con Maquiavelo en este aspecto: 

“Dado que ningún hombre tiene autoridad natural sobre su semejante, y dado que la fuerza no produce ningún derecho, quedan pues las convenciones como base de toda autoridad legítima entre los hombres.” Contrato Social, Libro I, IV. 

Es decir, Rousseau niega que la autoridad tenga base natural alguna, y afirma que de la violencia no puede emanar vínculo jurídico alguno (obediencia) sin el consentimiento de los sometidos. Se hace necesario un pacto, y es en este pacto, donde la obediencia, la dominación, goza de legitimidad. Así, se justifica y legitima la relación entre Soberanía y Gobierno, en la constitución de un contrato, un cuerpo legal. La antigua fórmula aristotélica de la legitimidad natural, se convierte en una legitimidad positiva, basada en la ley, donde el Gobernante debe saber gobernar para el Pueblo, y el Pueblo debe saber obedecer la ley. 

El sueño de Rousseau es el de una sociedad iluminada por la luz de la ley, donde no existan espacios desordenados por los privilegios de cierto ejercicio del poder, a través de las prerrogativas de cualquier cuerpo social. La iluminación de una sociedad unificada, donde reine la opinión de cada uno, sobre cada uno, bajo el abrazo paternal del Estado y la Ley pactada. Este sueño es compartido por otros tantos pensadores de su época. Desde Inglaterra, Jeremy Bentham supondrá todo esto, y al mismo tiempo, todo lo contrario. 

Bentham planteará este mismo problema, pero centrará su teoría en la mirada de quien domina y vigila. En una visibilidad universal, que actuará en provecho de un poder riguroso y meticuloso. Ante el problema planteado por Rousseau, sobre cómo someter un ejercicio de poder a la legitimidad, se articulará la idea práctica y técnica del ejercicio de dicho poder de una forma “omni-contemplativa”. Este aparato de poder, debe ser ejemplo de una época dónde se busca arrojar luz, huyendo de los espacios oscuros que generan los desordenes y desequilibrios del ejercicio del poder, ante supuestos como el capricho del monarca, las supersticiones religiosas, los complots de los tiranos y la Iglesia, la ignorancia y sus errores frente a la Razón, y lo tenebroso de las epidemias. 

Lo perverso de todo esto reside en la difusión del ejercicio del poder, más allá de los términos de la legislación o del Estado, y en todas las aplicaciones a que ha dado lugar; no pudiéndose comprender el desarrollo del capitalismo, ni su desarrollo tecnológico, sin volver la mirada a dichos aparatos de poder.

David Ruiz Rosa.

Lo perverso de todo esto reside en la difusión del ejercicio del poder, más allá de los términos de la legislación o del Estado, y en todas las aplicaciones a que ha dado lugar; no pudiéndose comprender el desarrollo del capitalismo, ni su desarrollo tecnológico, sin volver la mirada a dichos aparatos de poder. Ejemplo de ello será el Panóptico. 

Jeremy Bentham, enviará en 1791 un texto al señor Garran Coulon, miembro de la Asamblea Legislativa francesa y de una comisión nombrada para las reformas de las leyes criminales. En este texto, expondrá un modelo arquitectónico carcelario, que denominará Panóptico. Se trata de dos edificios circulares, encajados uno sobre otro, con celdas en su circunferencia, conectadas por galerías y repartidas en seis pisos, que se encuentran abiertas hacia el interior del espacio, hacia una torre central, dividida en tres pisos, dominando cada piso sobre dos líneas de las galerías de celdas. 

En las celdas, se produciría la comunicación de los reclusos, que sentirían la vigilancia constante desde la torre central a través de cristales que permitirían a los vigilantes observar sin ser percibidos por los presos. A su vez, los vigilantes también serán vigilados por un sistema de vigilancia superior. La clave reside en que una constante sensación de ser vigilados (tanto para los vigilantes, como para los reclusos), establezca una correcta función de las diferentes partes: el miedo a ser atrapado realizando algo incorrecto ordenara las acciones de los reclusos, y estos se auto-limitarán entre ellos, esforzándose por cumplir su papel de buenos reos, mientras que los vigilantes harán bien su trabajo, por temor a sus superiores, evitando así todo oscuro acto ilícito, inmoral, o violento entre las partes. 

Panóptico de Bentham.
Fuente: Wikipedia.

Establecida, pues, la legitimidad de la sociedad, es esencial para los políticos llevar a la práctica un correcto funcionamiento de la misma, a través de un eficiente aparato de dominación. Es en este punto donde una tecnología de poder, como la de Bentham, cobra importancia. En el sentido en que establece un principio fundamental, para ocultar al sujeto agente del ejercicio del poder, mediante una disolución de las relaciones entre dominador-dominado, en una estructura de poder, un aparato de poder, donde la idea de una continua vigilancia, como imagen simbólica, pase a ser lo esencial, mientras lo real se mantenga en la oscuridad de lo siempre oculto. En la conciencia de los dominados, el símbolo de la constante vigilancia, del vigilante, se instala para permanecer, aún gozando siempre de una invisibilidad donde se fundamenta su carácter simbólico. 

El poder del Estado se cierne así como un fantasma, en un halo de realidad aparente que distrae los ojos de los sometidos, mientras las reales fuerzas de poder funcionan como una maquinaria que subyace oculta. Lo ideal, lo simbólico, desplaza a la realidad a través de este mecanismo perverso. La Ilustración es la época de la luz, pero esta conlleva grandes sombras. 

Hoy en día, en nuestra época, la ideología se impone. Y nuestras sociedades funcionan como un enorme Panóptico, dónde unos y otros, ciudadanos y ciudadanas, encontramos múltiples ventanas, abiertas como pasarelas, para evaluar la vida de nuestros semejantes. La idea del orden y la seguridad, enmascara a un aparato auto-regulado de control social, como si fuésemos presos de un Panóptico, o en algunos casos, vigilantes que son vigilados. 

No ha faltado tiempo, ante todo este clima de pandemia, para que muchas personas no hayan dudado en saltar a defender lo ideal, el orden y la seguridad, a través de sus smartphones y redes sociales. Sin duda, esta auto-limitación de fuerzas, en pos de defender los ideales constituidos por lo que denominamos “nuestra sociedad”, sería todo un alago para Rousseau o Bentham. El Panóptico se sustenta a sí mismo, y ya apenas surge entre los dominados la siguiente pregunta: ¿Quién vigila a los vigilantes? 

Corría el año 1975 en Madrid, aquel francés calvo con su suéter de cuello alto era reprendido y detenido por realizar un manifiesto contra la pena de muerte. Su nombre era Michel Foucault. Entre sus obras, encontramos una de las teorías del Poder más interesantes. Aquel día, mientras observaba el clima de la sociedad española, se percató de algo importante: el rostro del fascismo no se encontraba en la acción propia de la policía franquista, sino en la multitud de personas que en la calle enmudecían, y parecían resignarse a una situación que pertenecía a lo cotidiano. Hoy, cuarenta y cinco años después, observamos desde nuestras ventanas, asimilando a lo cotidiano prácticas de vigilancia, y el aparato de poder satura de ideología cada relación posible entre sujetos. La interconexión, la comunicabilidad extensa, su expansión cibernética, sólo hace más eficiente el desarrollo y el mutuo control. La fe en la existencia de un agente de poder real, queda velado, oculto en abstracciones institucionales, mientras la estructura de dominación se expande a través de paquetes de datos y algoritmos, en un eficaz ejercicio globalizador. Desde nuestras ventanas, quizá, podamos entender algo más. El régimen que todo lo ve.

A partir de ahora, sólo cabe pensar en una Nueva Normalidad. Precisamente, porque lo normal ha sido transgredido, alterado, y no hay vuelta atrás en nuestra sociedad.

David Ruiz Rosa.

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