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Reflexión sobre el parasitismo social: cuestiones sobre libertad, igualdad y pandemia

David Ruiz Rosa.

El pasado 15 de Mayo, el diario digital astigitano Ecijaldía publicaba un artículo de opinión a propósito de la tan sonada manifestación en el barrio de Salamanca de Madrid. A raíz de este artículo, y de las sensaciones que me produjo, decidí reflexionar y exponer los problemas que encuentro, además de elaborar una crítica que contribuya a aclarar, en mayor medida, que tipo de argumentos y razonamientos podemos enfrentar ante situaciones de esta índole.

Por supuesto, rehuyo de una mera opinión crítica, y mucho más de la descalificación de cualquiera de los implicados, puesto que debe quedar constancia del buen ejercicio democrático y de una libertad de expresión que, por supuesto, debe ser acompañada siempre de un correcto uso de la razón y estar abierta al ejercicio dialéctico, que posibilite, en la medida de lo posible, un correcto entendimiento entre los seres humanes.

En dicho artículo, titulado como Parásitos, su autora nos invita, en primer lugar, a visualizar dos imágenes que, explícitamente, posiciona en dos polos antagónicos, en una relación maniquea: Por una parte, la imagen del barrio de Aluche, en Madrid, donde personas esperan a recibir comida en un banco de alimentos; y por otra parte, la imagen del barrio de Salamanca, también en Madrid, donde personas se manifiestan contra el actual gobierno. Dos datos importantes rigen el juicio valorativo del artículo: en primer lugar, la relación entre el espacio, u ordenamiento geográfico- social que nos posiciona, en el caso de Aluche, en un barrio de rentas bajas y pobreza, y en el caso de Salamanca, en un barrio de rentas altas; y en segundo lugar, el factor determinado por la situación actual de pandemia, y las ordenanzas del Gobierno a través del Ministerio de Sanidad, que ofrece ciertos parámetros que regulan las relaciones sociales, en particular lo que el gobierno actual de España ha bautizado como “distancia de seguridad”. 

A continuación, la forma del argumento utilizado en el artículo se vuelve algo difusa, y se convierte en lo que podríamos llamar un amasijo de prejuicios, o un relato mítico, entrelazando representaciones de la realidad, que se sustentan en diversas imágenes y nociones a priori de los hechos. 

Por supuesto, es cierto que el nivel de rentas marca la diferencia entre el barrio madrileño de Aluche y el barrio de Salamanca. Es un factor a tener en cuenta el hecho de que en las ciudades, la espacialización actúa como una gestión y ordenación social, que determina y administra los espacios urbanos en relación con la clase social. Ocurre en otras tantas ciudades, incluida Écija, donde ciertos barrios periféricos poseen rentas muy bajas e índices de pobreza, muy por encima de otros barrios del centro de la ciudad, que gozan de residentes con rentas altas. En muchos casos, el espacio actúa como una imagen ontológica, que determina, al mismo tiempo, el espacio que se ocupa en la escala social.

En Écija, se produce un movimiento hacia la periferia, no sólo hacia una periferia espacial-geográfica, sino a una periferia social de pobreza y precariedad. Sin embargo, la diferencia social no es más que un factor contingente, producido por un mecanismo que podríamos denominar como coactivo, que a través de un determinado modelo productivo, político-social, niega la libertad de acceso al alimento a unas personas respecto a otras. Evidentemente, esta relación se sostiene por dicho sistema, que produce dicha injusticia, un sistema impuesto mediante un tipo determinado de régimen político.

En el caso de España, el sistema es mantenido democráticamente, a través de quienes votan a partidos que gobiernan de acuerdo a este modelo injusto. Es decir, poseer privilegios sólo queda determinado por la existencia de dicho sistema desigual, que impide, que por ejemplo, yo pueda darme una ducha caliente, mientras otros no poseen ni un techo bajo el que resguardarse. En tanto que la causa es un factor político, en todo caso, sólo podemos reprochar a los privilegiados, que sigan votando a partidos que mantengan dicha brecha social desigual. Por supuesto, teniendo en cuenta que la característica que me hace a mi, o a otra persona, privilegiada frente a otros individuos responde a cierto criterio relativo a un entorno que podríamos denominar local, es decir: como decía, yo dispongo de la posibilidad de ducharme con agua caliente, lo que me haría poseer dicho privilegio frente a quien no cuenta con esa posibilidad; sin embargo, no dispongo de la posibilidad de acceder a un puesto de trabajo afín a mis calificaciones y estudios, por lo que posiciona a aquella persona que sí pueda hacerlo como privilegiada frente a mis condiciones, ya que posee el privilegio de un buen trabajo que le genere los recursos a los que yo no puedo acceder.

El privilegio, por tanto, se sustenta en una negación de algún tipo de medio, que generará discrepancias entre muchas personas acerca de los medios necesarios o no, y bajo qué características una negación puede denominarse privilegio. Creo que el problema reside en la relación que marca la autora, cuando establece un cierto tipo de conexión entre la categoría de privilegio de unos y otros, y el hecho de la actuación de los citados residentes del barrio de Salamanca. Es problemático porque, en primer lugar, parece deslegitimar la manifestación de los residentes del barrio de Salamanca sólo por el hecho de ser privilegiados (al menos más que muchas otras personas, entre las que me incluyo yo mismo); y en segundo lugar, también deslegitima la acción por no responder a lo que la autora llama “el bien común”. Pues bien, el primer factor, el del privilegio, nunca puede ser condición de falta de legitimidad ante un acto de manifestación, al menos bajo nuestro sistema democrático y nuestra Constitución. Todas las personas, poseen el derecho a la libertad de manifestación en el territorio del Reino de España, y por supuesto, ni su renta, ni su etnia, ni su lengua, ni su identificación de género, confesión religiosa, alineamiento político o ideológico, pueden justificar juicio valorativo que deslegitime su posibilidad a acceder a dicho derecho.

El segundo factor, el del “bien común”, remite a una condición contingente, sujeta a un orden establecido por el Gobierno de España, que ha establecido ciertos parámetros sociales, que podemos denominar como locales y relativos, temporalmente hablando, y que ante el problema de la pandemia ha establecido una condición de distanciamiento social, como medida de prevención ante la posible expansión del virus Cov-19. Si bien es cierto que las masificaciones pueden ocasionar escenarios de expansión del virus, no suponen una condición suficiente, ni necesaria, para el hecho de dicha expansión del contagio. Es decir, hablar de “bien común”, cuanto menos resulta un mero matiz retórico con sospechosos intereses ideológicos, y bajo dudosa categoría de veracidad (si entendemos por veracidad a la adecuación de las proposiciones y los hechos).

No estoy diciendo, por supuesto, que nadie de los que pudiesen manifestarse en el barrio de Salamanca carezca de cierto uso de razón, que le haga empatizar con otros no tan privilegiados y que, en muchos casos, y desde dicho privilegio, el “bien común” para ellos no sea más que un tipo de bien relacionado con las “bondades” del sistema capitalista, injusto, y desigual. Lo que me he planteado exponer es: primero, que deslegitimar una manifestación por recortes de libertades civiles, sólo porque la hagan ciertas personas, sería incurrir en un error fatal, en el que poder tomar la parte por el todo; y segundo, que si es digno de reproche algo a estos privilegiados del barrio de Salamanca, no es por el hecho de que pidan libertad (concepto, por otra parte, defendido por un inmenso espectro ideológico que va desde el liberalismo más conservador, al anarquismo más radical, pasando por otras tantas ideologías emancipadoras), sino por el hecho de que han sido sus acciones, sus votos, los que han consentido gobiernos reaccionarios, que en pos de movimientos capitalistas, privatizadores, y precarizadores, han ocasionado, entre otras muchas más, una tremenda crisis en el sistema sanitario público español que ha impedido un despliegue más efectivo y eficiente ante la pandemia. 

Resulta bastante peligroso escoger el camino fácil del argumento mítico-político, y ser partícipes de que la noción política de Libertad sea propiedad de cierta perspectiva política determinada y cerrada. La Libertad, en este caso, puede identificarse por aquella noción de libertad negativa, que Isaiah Berlin identifica como la “ausencia de coacción”.

El problema de la Libertad es central para entender muchos de los problemas políticos, y esencial para el desarrollo de las ideologías que son abrazadas dentro de un sistema democrático. Ciertamente, surgen dos cuestiones problemáticas en Política: ¿Quíen me gobierna? Y ¿Qué puedo hacer? La primera podemos indagarla, mediante la noción de libertad positiva, la segunda mediante la noción de libertad negativa. Sería un ejercicio bastante inocente e ingenuo, ante un estado de excepcionalidad política, no haber supuesto la problemática de la arbitrariedad del poder, y cuanto menos, no haber tomado una posición crítica ante el hecho de que una institución, como es el Estado, someta el más mínimo acto cotidiano y vital a sus propios designios. Sería mirar para otra parte, apartar la vista del tremebundo Leviatán estatal, cuando además, aplica normas que en muchos casos resultan contradictorias y excepcionales frente a la Constitución. 

Por otra parte, sería demasiado atrevido posicionar la actuación de la inmensa mayoría proletaria y de rentas bajas, como una actuación heroica. La pobreza no es motivo de halago, mucho menos debe ser romantizada, ni justificada bajo circunstancias ad hoc -como una pandemia- que aumentan más la precariedad, y que en nuestro país va a ocasionar una mayor brecha social y un mayor empobrecimiento de la ciudadanía. 

Al comienzo, hablaba del relato mítico como una saturación del sentido gramatical de los enunciados utilizados en argumentaciones, como las que han ocasionado esta crítica que aquí se expone. Pongamos el caso de la imagen de esa anciana buscando en la basura, mientras que los privilegiados de las citadas manifestaciones pasan, envueltos en banderas, a su espalda. El discurso generalizado, por parte de lo que se denomina “la izquierda”, plantea una relación dialéctica entre los individuos privilegiados, y aquellos que no se ven más que abocados a buscar en la basura. Pero esto no es más que una condición de dicho relato mítico-político, que obvia la relación real entre las entidades partícipes. La “izquierda”, que critica a los privilegiados del barrio de Salamanca por manifestarse para pedir cierta libertad (pueda o no ser coherente esta actuación, lo cual sería evaluable en otros términos), no se identifica con la anciana rebuscando en la basura, sino con el posible espectador que ve la desigualdad patente entre personas privilegiadas y aquellos que malviven de forma precaria y son desastrosamente pobres. Espectadores que deslegitiman, en un argumento que toma la parte por el todo, toda posible manifestación contra una mayor coacción por parte del gobierno; y toda manifestación, en general, aguijoneada por el estigma del mal al “bien común”, sin plantearse la necesidad de que la pobreza y la desigualdad debe ser combatida desde acciones políticas, como lo son las manifestaciones, precisamente porque muchos poseemos un privilegio político conquistado durante los últimos doscientos años, para manifestarnos contra dichos actos injustos de los gobiernos y el sistema económico y social. 

Fotograma del popular vídeo.

Wittgenstein ya advertía sobre la capacidad mítica del lenguaje en sus Investigaciones Filosóficas, y la potencialidad de modificar lo que denominamos la realidad al modificar las relaciones semánticas del lenguaje que usamos para describir dicha realidad. Esto, cuanto menos, debería hacernos reflexionar sobre el poder que reside en los discursos, y en términos políticos, en el hecho de que las nociones políticas crean realidades, como es el caso de la noción de Libertad

Debería hacernos reflexionar sobre el poder que reside en los discursos, y en términos políticos, en el hecho de que las nociones políticas crean realidades.

David Ruiz Rosa.

El problema de criticar a un grupo de privilegiados por manifestarse para pedir más libertad, o lo que es lo mismo, pedir menos coacción por parte del Estado, reside en el hecho potencial de crear una realidad donde manifestarse por semejantes principios quede cerrado al uso que de estos principios haga un determinado grupo social. Por una parte, se polarizan los derechos sociales hacia grupos reducidos y privilegiados; por otra parte, se obvia la crítica acerca de la responsabilidad política de estos grupos privilegiados, no por manifestarse o no por la libertad (o su libertad), sino por ser responsables de la situación, en cuanto a que responde a su participación política del sistema democrático y social en el que vivimos. 

Mientras que el discurso predominante versa entre partidarios del gobierno del PSOE y partidarios de un gobierno más conservador, se olvida que para una gran mayoría social la pobreza resulta un duro factor cotidiano y vital, y que se necesitan medidas de emergencia, movilizaciones y activismo político; de lo contrario, pondremos muy fácil la eliminación de todo acto subversivo, de todo despliegue crítico al Estado, a la injusticia de la pobreza y la precariedad social. Y como ocurre en países como Chile, se de pie a identificar las luchas en la calle, a través de movilizaciones, como actos de personas que atenten contra el “bien común” (definido por el relato mítico vigente), pese a que se traten de masivas concentraciones de personas pidiendo eliminar las desigualdades, una mayor libertad ante el sistema económico-político que las coacciona, y más dignidad.

Tengamos cuidado los verdaderos parásitos, los que malvivimos entre precariedad y pobreza suplicando las migajas de los privilegiados, en forma de empleos precarios y medidas económicas menos favorables a las grandes riquezas; podemos olvidar lo que hemos conquistado socialmente hasta el momento, y olvidar a aquellos que rebuscan en la basura, si estamos más pendientes de ser los observadores que ven la indecencia de los privilegiados, que de la lucha que debemos librar para dejar de ser los parásitos que ellos quieren que seamos.

David Ruiz Rosa.

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