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Racismo, Capitalismo y Terrorismo de Estado

La interseccionalidad de lo prohibido

David Ruiz Rosa.

Hace unos meses, en la localidad donde residía, asistí a una charla dada por un señor académico sobre Feminismo. Se trataba de una actividad encajada en las disposiciones institucionales, dónde el perfil queda cerrado al feminismo liberal. Aún teniendo esto en cuenta, mi sorpresa fue bastante grande cuando decidí intervenir, a modo de crítica, ante la exposición de un argumento lastrado por una concepción de feminismo moderno y liberal (o Feminismo de la Primera Ola). Un argumento que exponía los problemas en torno al reducido espacio de la perspectiva de las mujeres occidentales blancas, dentro de marcos jurídicos liberales de las llamadas democracias occidentales, incidiendo en la categoría de ciudadanía como noción emergente y exclusiva para la igualdad de la mujer (que no su libertad).


Mi sorpresa, como he comentado, fue superlativa, cuando ante mi reflexión acerca de las otras (aquellas personas no sujetas a categorías legales, lo otro, lo marginal dentro de las nociones de realidad sujetas al derecho y culturas modernas: lo no-ciudadano), una persona, una mujer blanca de mediana edad, perteneciente a un reconocido grupo político de izquierdas, que gestiona alguna que otra agrupación denominada feminista y de renombre local, me invitó a abandonar mi intervención. No pude sino sentirme en cierto grado descontento, con cierto sabor amargo, ante tales gestos poco reflexivos, que negaban una gran dimensión del Feminismo y especialmente de los Feminismos contemporáneos. Así que abandoné la charla, salí de la sala, y me fui a casa a retomar mis lecturas cotidianas, en este caso particular a Donna Haraway.


No es nada nuevo que dentro del pensamiento feminista se produce, a día de hoy, un constante debate entre lo que se denomina feminismo liberal y el feminismo postmoderno. Mientras que el primero se encaja dentro de las dimensiones críticas del feminismo históricamente reconocido en las sufragistas y filósofas modernas, como el Manifiesto de Seneca Falls y los escritos de Harriet Taylor Mill o Mary Wollstonecraft, que hacen hincapié en la igualdad jurídica de hombres y mujeres (y personas racializadas como los negros), alcanzada por una institucionalización de cierto espectro feminista cerrado a los golpes de decretos y modificaciones constitucionales, que puedan ajustar las categorías ontológicas de hombre, mujer, o negro, dentro de una noción más amplia como es la de ciudadanía o persona; el segundo, el feminismo postmoderno, se encaja dentro de una crítica a dichas nociones ontológicas, en cuanto que están sujetas a una estructura estratégica determinada a las funciones epistemológicas, en conjunto con las relaciones del ejercicio del poder en nuestras sociedades actuales, que detectan de un modo bastante eficaz los principales problemas sociales que encontramos hoy en día, considerando fracasados todos los proyectos que han buscado señalar un tipo de sujeto (hombre, mujer, persona negra, ciudadana, etc), precisamente porque estas perspectivas se encajan en el masivo proyecto de la modernidad, del cual emana toda la dimensión discursiva posible (o no) para determinar dichos sujetos, catalogados, nombrados, estudiados, ordenados, en definitiva, sujetos a un marco ontológico cuya única pervivencia está mantenida en un ajuste eficaz de la vida, el trabajo y el lenguaje a dicho sistema discursivo, que en nuestro días comprobamos como establece regímenes criminales y ampliamente desastrosos para la vida de muchos seres vivos, se traten de humanes o no.

La cuestión feminista hoy, no encontraría su centro en el debate sobre el grado de ciudadanía que debe pertenecer a las mujeres, o a las personas negras, sino más bien en el debate sobre de qué forma se da una relación entre saber y poder, entre la dimensión epistemológica de las ciencias y la dimensión ontológica del lenguaje. Lo nombrado queda administrado, controlado, y determina al mismo tiempo lo que se nombra. Ha sido una línea a seguir desde aquella insigne obra de Simone de Beauvoir, cuando en El Segundo Sexo, la cuestión del feminismo se aleja de los esencialismos apriorísticos, que la religión y la ciencia normalizan, a través de la constitución de nociones performativas como lo es la noción de “mujer”. En una primera confraternización entre marxismo y pensamiento feminista surge la famosa afirmación de que: “No se nace mujer, se llega a serlo”; puesto que la categoría de “mujer” viene dada por procesos de definición culturales, donde intervienen otras muchas relaciones, como lo son la categoría de clase o de raza.

Parece, pues, que ese pensamiento sobre lo otro, sobre la posibilidad de existencia de una alteridad, que en términos sociales, y al mismo modo ontológicos, condicionen a seres humanes a quedar definidos y sujetos dentro de un marco de actuación político determinado, ajeno a lo que se define generalmente como normalidad (lo normal), no es para nada ajeno al pensamiento feminista; es más, parece una parte irrenunciable, hoy en día, si queremos construir discursos que eficazmente puedan analizar los principales problemas de las mujeres y clases marginadas de la sociedad.


La relación entre el racismo y el feminismo es íntima desde sus inicios. En Mujer, clase y raza, la activista y pensadora marxista Angela Davis, expone de que modo desde sus inicios, el movimiento feminista sufragista se desarrolló paralelamente a la lucha abolicionista contra la esclavitud, con numerosos encuentros de sus argumentos. Lo anecdótico sigue siendo la dificultad del feminismo de mujeres blancas, burguesas, para enfocar el problema de un modo que abarque los problemas de mujeres que no poseen sus mismos privilegios, como son las mujeres obreras y las mujeres racializadas. Y es digno de mención, el hecho de que en mitad de uno de los muchos actos llevados a cabo por las sufragistas estadounidenses, en 1851, una mujer negra se levantó, y bajo la mirada de desdén de las mujeres blancas, Sojourner Truth en un discurso bastante aclarativo, mencionó aquello de: “Ain´t I a Woman?” (“¿Acaso no soy una mujer?”).

Sin duda, hay numerosos problemas en el pensamiento feminista, problemas que marcan debates internos críticos y enriquecedores, pero desde aquel discurso de Soujourner Truth, quedó claro que el feminismo, tal y como lo re-afirma Angela Davis, no puede sino ser anti-racista. No cabe más que hablar del feminismo como una corriente del pensamiento emancipador, que unifica las luchas de aquellas minorías étnicas, personas racializadas, y mujeres de todo el mundo, desde una perspectiva hacia la marginalidad, hacia los otros y las otras. ¿Pero quienes son los otros y las otras? Aquellos entes, seres vivos humanes (o no) que no encajan en categorías arrojadas por la inercia de la modernidad y las perspectivas liberales, que no resultan útiles para el sistema capitalista y por ello, o no son nombrados, o son nombrados como lo marginal, lo otro, lo anormal, lo queer, lo marginal, etc. Los negros y las negras, las personas racializadas, los otros, deben ser, por tanto nombrados. Se sigue todo un espacio categórico, que desde la narración de quienes sufren, y han sufrido, la opresión nos cuentan sus historias, su realidad, lejos de categorías performativas.

Observemos, como ejemplo, una de las últimas películas que realizó el director Spike Lee. Caracterizado por su incansable uso del cine para manifestar los problemas de la población negra en E.E.U.U, Lee nos ofrece una inteligente e interesante síntesis entre lo antiguo y lo contemporáneo, en un estilo de narración que al mismo tiempo nos clarifica esa unión entre feminismo y lucha contra el racismo, y contra las circunstancias que lo posibilitan. En Chi-Raq, Spike Lee toma el mito de Lisistrata (“La que disuelve el ejército”), atribuido a Aristófanes en el s.IV a.C, y lo transforma en una crítica al sistema estadounidense, que ha normalizado la figura de los negros como “gánsters” que convierten sus barrios marginales en auténticas zonas de guerra.


Algo que muchos otros se han esforzado por describir, como Childish Gambino en su canción This is America: “This is America, don´t catch you slippin´now(…)Police be trippin´now; yeah, this is America. Guns in my area, I got the strap, Igotta carry´em(…)You just a black man in this world, you just a barcode(…)You just a big dawg, I kenneled him in the backyard, no proper life to a dog, for a big dog” (“Esto es America (E.E.U.U), que no te pillen distraído (…). La Policía está enloqueciendo; sí, esto es America (E.E.U.U). Armas en mi área, tengo mi arma, voy a cargarla(…). Sólo eres un negro en este mundo, sólo un código de barras (…). Eres sólo un gran perro, yo lo até en el patio de atrás, no es la vida apropiada para un perro, para un gran perro”).

Para Spike Lee, y su versión de Lisistrata, la lucha del género y la raza son caminos interseccionales, dónde se mezclan atributos performativos y ejercicios de poder configurados en los cuerpos ¿Cómo no va a ser una cuestión asociada con el cuerpo, aquellas ideologías de odio que categorizan en función a la posesión de unos genitales determinados o al color de la piel? Es aquí donde una mujer negra grita: “No peace, no pussy!!” (o traducido de modo no literal: “¡Sin paz, no hay sexo!”).

Póster oficial de Chi-raq, de Spike Lee.

Existe, pues, cierta incomodidad desde ciertos sectores institucionales, de mujeres blancas que se atribuyen cierto dominio del movimiento feminista, por reconocer esta interseccionalidad, e incluso, en muchos caso, prohibir su cuestionamiento, tal y como aquellas mujeres de finales del s.XIX miraban con desdén a Sojourner Truth cada vez que subía a un estrado. El feminismo es un proyecto emancipador, donde género, clase y raza se interconectan, pero que a algunas y algunos incomoda, más aún si gozan de ciertos privilegios, como pertenecer a ciertas instituciones. Es aquí dónde se desarrolla un mecanismo de defensa propio del sistema liberal y capitalista, en un interés por apartar ciertas perspectivas de lucha, de lo que, de forma normativista, se considera propiamente legítimo a nivel político actual; y ciertos discursos son atenazados por lo institucional, y apartados a la marginalidad. ¿Pero hay razón para disputar este terreno, o mejor dicho intentar atentar contra esa normalidad o afán normativista? Por supuesto que sí. Esa lucha por posicionar la interseccionalidad fuera de lo prohibido desde las dimensiones institucionales, no es más que la crítica y oposición a un sistema opresor que mantiene desequilibrios sociales desastrosos para muchas personas, que a través de la figura del Estado, de los partidos políticos afines al sistema liberal, imponen relaciones de dominación que afectan en mayor medida a las clases más vulnerables, a las personas racializadas y a las mujeres, y que por lo general son mantenidas mediante control burocrático y el ejercicio violento de la policía y el ejército.

Actualmente, y bajo una crisis pandémica, el Estado español ha castigado fuertemente a las clases más vulnerables. Según un estudio de la Universidad Autónoma de Barcelona, que relaciona los índices de movilidad y la renta durante el llamado “estado de alarma”, la movilidad de los barrios más vulnerables se ha mantenido un 14, 8% por encima de la que se ha producido en barrios de rentas altas. Si a esto unimos los datos sobre las “sanciones por estado de alarma” del Ministerio de Interior, en los que se declaran 8.547 detenciones y 1.044.717 propuestas de sanciones, desde el 15 de Marzo al 23 de Mayo, evidentemente obtenemos una relación conflictiva entre el índice de vulnerabilidad y el impacto que el Estado, a través de la aplicación de la “Ley Mordaza”, ha tenido sobre las clases más vulnerables.

Como mencionaba el sociólogo Hamza Esmili, en una entrevista publicada en BBC el 12 de Abril: “El confinamiento es un concepto burgués. La idea es que todos tengamos una casa individual, un poco burguesa, en la que podamos refugiarnos cuando haya una pandemia o un desastre natural. Pero lo que veo en los barrios pobres no es para nada eso. Existe una realidad rodeada de condiciones insalubres, pero no solo eso. En este tipo de barrios, hay casas en las que viven cuatro o cinco personas por habitación, por ejemplo. También hay viviendas que no son habitables, en las que no puedes quedarte todo el día, porque prácticamente el espacio no se presta para ello.(…)Existe una realidad que no es tomada en cuenta ni por el Estado ni por el derecho público. Y esto se traduce en autoritarismo. Es decir que la única respuesta del Estado y el derecho público ha sido más presencia policial, opresión y, a veces, hasta violencia.”

Como ya he mencionado más arriba, la opresión no sólo es aplicada sobre los cuerpos, sino que se ejerce a través del lenguaje, en la normalización de ciertas nociones, en la performatividad de ciertas categorías políticas o con aspiraciones de ser denominadas reales. Donna Haraway, en su obra Ciencia, Cyborgs y Mujeres. La reinvención de la naturaleza, expone este tipo de despliegues de mecanismos normativistas que se ejercen a través de lo que denomina tecnologías del cuerpo, en el conocimiento y prácticas de la medicina y la psiquiatría modernas, en las normas y mecanismo de las instituciones legales y en las técnicas disciplinarias en general. Estos mecanismos perpetúan y despliegan los límites de las categorías, y fijan con fuerza la categoría de Hombre (blanco, heterosexual, occidental) como única noción que sature el sentido de lo que en un sentido moderno se ha considerado el Sujeto, del que tanto han hablado durante siglos la filosofía y la ciencia. Este mecanismo normativo en torno a la noción de Sujeto, marca las pautas para la creación de la alteridad, aquello otro del sujeto, de lo que está en el centro de lo nombrado: “Los oprimidos no son simplemente aquellos que no poseen los medios de producción, son todos aquellos que, en un mundo constituido por el poder de un <capitalismo patriarcal y racista>, han terminado siendo definidos y constituidos como <otros>: mujeres, minorías étnicas y raciales, homosexuales, trabajadores.”

Manifestantes en EEUU. Photo by Josh Hild on Pexels.com

La fuerza de lo nombrado se encuentra en la producción y la localización hacia fuera de lo real, en los discursos de la vida y las ciencias, siendo un eje esencial de lo que podríamos denominar conocimiento occidental. A través de la creación de la diferencia, la voz patriarcal y supremacista se hace con el monopolio de la producción de discursos, y encaja a lo otro sólo a aquello que se puede nombrar en una singular subordinación dentro de linajes legitimados, por sus propios mecanismos epistemológicos y ontológicos. Sobre esto llamará la atención Ruth Hubbard, en su trabajo Have only men envolved, donde expone de que modo el lenguaje goza de un papel privilegiado para la creación de la realidad, y como la ciencia es el legitimador más respetable, actualmente, de las nuevas realidades. Sin embargo, esto entra en conflicto con dicho papel de legitimidad, de quién dice, y no, hasta donde llega dicho papel legitimador.

Como expone Donna Haraway, a partir del s.XX, los discursos biomédicos se han ido organizando en torno a grupos diferentes de tecnologías y prácticas, que han transformado el sentido y significado del cuerpo orgánico, haciendo que la cuestión por la diferencia haya desestabilizado los discursos humanistas de liberación, basados en políticas de identidad. La teoría feminista no ha podido más que descolocarse de una práctica discursiva inserta en lenguajes científicos y políticos occidentales, hacia discursos basados en códigos, dispersión y creación de redes, en el sujeto fragmentado postmodernos, frente a los que se basaban en el trabajo y la localización de un cuerpo marcado. El cuerpo ya no es más un mapa espacial estable de funciones normalizadas, sino un campo enormemente móvil de diferencias estratégicas. La raza, por tanto, y las ideologías de la diversidad humana, no pueden más que ser desarrolladas en términos de frecuencias de parámetros y de campos de diferencias cargadas de poder, no como esencias y orígenes naturales localizados. A fin de cuentas, la raza y el sexo, son artefactos sostenidos, mantenidos, o dejados caer, por el nexo discursivo presente entre el conocimiento y el poder.

Desde esta perspectiva, todo acto que niegue tal necesaria interseccionalidad no es de extrañar; sólo se encaja en modelos neoliberales, capitalistas, que no pueden sino abordar la complejidad y heterogeneidad, el posicionamiento específico hacia la diferencia, hacia la alteridad, más que dentro de un pluralismo liberal que resulta insuficiente, y que limita en sí mismo toda redefinición y ruptura con valores normativos y performativos previos. Como menciona Donna Haraway: “La política de la diferencia que las feministas necesitan articular debe buscar la especificidad, la heterogeneidad y la conexión mediante la lucha, no mediante llamadas psicologísticas y liberales. El feminismo es colectivo y la diferencia es política, es decir, trata del poder, de la responsabilidad y de la esperanza.”

Es decir, y esto lo reafirma Haraway en su análisis de las experiencias narrativas de ficción escritas por mujeres negras, especialmente en su análisis a la escritora nigeriana Buchi Emecheta; en la actualidad, el discurso interseccional de la teoría feminista, a través de su crítica al discurso colonial, la implementación de una fuerte teoría antirracista, han reestructurado fundamentalmente, individual y colectivamente, los significados de eso que conocemos como experiencia de la mujer. No podemos, hoy en día, más que hablar de un feminismo interseccional, anti-racista, anti-capitalista, que rompa con la legitimidad discursiva de lo normativo y el desplazamiento de la alteridad, de lo otro.

Michel Foucault, dijo aquello de “El hombre ha muerto”, es decir, el Sujeto Moderno tiene sus días contados, lo normal encuentra amplias resistencia de las numerosas alteridades, la legitimidad del conocimiento normativo humano va dejando espacio a discursos que resultan ofensivos para el imperio de lo normal, lo descolocado resulta difícil de posicionar, de nombrar. A esto, Donna Haraway, a través de cierto tono irónico, propone la noción de Cyborg, que podríamos asemejar a la noción de Sujeto Nomade que podemos encontrar en otras lecturas de feminismo postmoderno. Frente a una noción cerrada de Sujeto, el Cyborg aparece como una apertura absoluta que posibilita cualquier posibilidad de transformación histórica de los discursos, que a través de la confusión busca la responsabilidad de su propia construcción: “¿Serán los cyborgs -o las oposiciones binarias, o la visión tecnológica- capaces de sugerir que las cosas que muchas feministas más han temido puedan y deban ser rehechas y puestas de nuevo a maniobrar para la vida y no para la muerte?(…)¿Cómo podría conducirnos una apreciación de la naturaleza de los simios, de los Cyborgs y de las mujeres -construida, artefácticamente e históricamente practicable desde una realidad inadecuada, pero demasiado presente, a otra situación posible, pero demasiado ausente? En tanto que monstruos, ¿podemos demostrar otro orden de significación? ¡Cyborgs para la supervivencia de la tierra!”.


Desde las instituciones, desde muchos partidos políticos, e incluso muchas vertientes abanderadas del feminismo liberal, lo indeterminado, lo nomade, la alteridad reinterpretándose desde una nueva estrategia del nombrar, es lo prohibido, porque es aquello que no puede ser sujeto, normalizado, explicado dentro de un marco liberal de derecho, sujeto a la localización de la noción de ciudadanía, a las categorías de mujer, negro, gitana, migrante, etc; pero este Sujeto moderno tiene sus días contados. Aquí y allá, el racismo y el capitalismo están siendo cuestionados, sus estrategias disciplinarias, el terrorismo de los Estados está siendo combatido. No se trata de una lucha por la muerte de una mujer o un chico negro, se trata de la lucha contra la opresión, contra la dominación de un sistema que lleva hundiendo sus garras cientos de años en la creación de la realidad a la que nos enfrentamos cada día, y que durante largo tiempo ha sido causante de los más deleznables crímenes contra todo tipo de seres, y contra el planeta.


Si queremos explicar que es, correctamente, el Feminismo, no nos queda otra que escoger la vía de la interseccionalidad, de la apertura y la deslocalización, que se desligue de todo estatismo institucional, por mucho que les pese a aquellos que utilizan estas luchas como lucro y beneficio personal. La única posibilidad de sobrevivir a un futuro cada vez más problemático, es escoger este discurso deslocalizado, este campo estratégico que son los cuerpos, estos mecanismos arquitectónicos del lenguaje, abiertos a las relaciones de poder. Si de verdad queremos narrar un nuevo futuro, necesitamos nuevas nociones con las que nombrarnos, lejos de las categorías conflictivas modernas, lejos de los márgenes disciplinarios de quien puede, y quien no, escribir la historia y las categorías de la realidad. Género, clase y raza, la lucha por la libertad de cualquier ser, a su posibilidad de vivir sin ser violentado, ni sufrir la muerte arbitraria, forma parte de una única lucha, que de forma bastante digna y con orgullo, podemos denominar Feminista, aunque muchos quieran prohibir esta perspectiva, porque resulta perjudicial para sus privilegios.

David Ruiz Rosa.

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