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Educar para que haya futuro. El necesario resurgir de la Filosofía

Parafraseando a Aristóteles, todos los seres humanes, por naturaleza, aspiran a saber. Fue a partir de esta tendencia natural, fruto de nuestra morfología y múltiples transformaciones de nuestro órgano cerebral, que la especie humana comenzase a realizar cuestiones trascendentales para su propia existencia. Sin duda, probablemente con el lenguaje llegaron las primeras preguntas, al igual que llegaron múltiples simulacros de respuestas, a través de ritos perdidos in illo tempore, de dioses que daban forma a la realidad. Una realidad, que no era sino la realidad humana.

De este modo, contemplábamos lo misterioso, lo oculto, lo velado, como aquello hacia lo que nos conducían tantas y tantas preguntas, que al mismo tiempo nos alejaban de concluir el viaje, la búsqueda de dicha realidad, la accidentada travesía hacia la Verdad.

Si podemos concluir algo de toda esta historia, de la historia humana, es que lo que nos caracteriza como animales, propiamente hablando, es la posibilidad de hacer Filosofía, al igual que ciertas aves construyen complejos nidos, o ciertos mamíferos sus innumerables y laberínticas madrigueras.

Fotograma de la serie Merlí.

Sin embargo, la Filosofía no ha dispuesto en España de suficientes apoyos desde la perspectiva política. Ha sido una dimensión del saber ampliamente vapuleada en el fuego cruzado de los partidos políticos y sus intereses, y las consecuentes propuestas legislativas sobre educación estatales. Su campo de acción se ha ido reduciendo, a través de determinar su acceso sólo a ciertos cursos finales de la formación básica, inventar nuevos nombres para asignaturas curriculares que poseían parte de sus mismos objetivos, como ocurrió con Educación para la Ciudadanía, fragmentarla en asignaturas como Ética, o incluso eliminar su papel básico para que pasara a ser una optativa frente a la asignatura de Religión (añádase necesariamente Religión Católica Apostólica Romana, que es lo que se imparte en dicha asignatura, y no, por el contrario, una Historia de las Religiones, lo cual sería mucho más interesante). Fue en 2013, cuando se implantó la LOMCE (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa), también conocida como Ley Wert, en honor a aquel inepto político del brazo demócrata católico de nuestra política nacional. Una ley que siguió el mismo guion que ya habían seguido leyes anteriores, sin importar que partido político gobernase, desplazando la enseñanza filosófica a un mero relato histórico reducido y encajado en una limitada visión occidentalizada, y bastante machista.

Han pasado siete años desde la última ley educativa en España, y se comienza a hablar de una esperada reforma educativa por los docentes. Ante esta situación, el cuerpo docente de Filosofía hemos decidido manifestar la necesidad de incluir una mejora en las condiciones de las enseñanzas filosóficas, y una ampliación de su acción. Entre las demandas al ejecutivo se encuentra la necesidad de establecer una asignatura centrada en la reflexión ética, no sólo en todos los cursos de la educación obligatoria, sino también en educación infantil y Formación Profesional, a través de una formación continua en educación ética al profesorado activo de otras áreas; que estas asignaturas de Filosofía, Ética o Historia de la Filosofía, estén necesariamente al cargo de los docentes de Filosofía, que propiamente nos hemos formado para ello, y que en los Grados de Maestros/as de Educación Infantil y Primaria, se imparta formación en educación ética y filosófica.

Todas estas demandas pueden resumirse en: más espacio para la educación filosófica, y la protección del papel del cuerpo docente de Filosofía.

¿Pero por qué es necesaria la Filosofía en las aulas y la formación de los seres humanos? Parece una pregunta algo trivial, quizá, podría decirse, que algo trillada en nuestros tiempos. Pero hablando de Filosofía, ninguna cuestión puede resultar baladí, y mucho menos renunciar, precisamente, a esa capacidad humana de cuestionar. Son numerosos los reclamos que, desde los sectores académicos de Filosofía, se arrojan al público, con vistas a popularizar la práctica de dicho ámbito del saber. No entraré en el cliché común, de que “la Filosofía enseña a pensar”, porque realmente todas las personas sabemos pensar, quizá lo que hace la Filosofía, más bien, es aportar herramientas para que el pensar sea fructífero, reflexivo, que no se agote en sí mismo, ampliamente crítico, y siga unas líneas básicas desde un punto de vista argumentativo y lógico, con una consecuente facilidad para asimilar lo que se sabe, e incluso cuestionarse dicho saber.

Los primeros filósofos griegos buscaban los principios de la realidad, lo que podríamos localizar como una pregunta sobre la esencia de la existencia de lo real. Y durante miles de años, estas preguntas no se han agotado, sino que han sufrido mutaciones, cambios, se han transformado. Por una parte, la Filosofía se sitúa en un presente atemporal, cristalizado en cuestiones que nos ayudan a entender más nuestras existencias, nuestras sensaciones, lo que somos, dónde nos encontramos, por qué se dan ciertos aspectos de lo real como se dan, etc; en un proceso emergente que hace que cuestiones básicas resulten clásicas, siendo las mismas preguntas, formuladas por seres humanos que difieren de culturas y temporalidades. Por otra, la Filosofía supone una apertura radical al futuro, en tanto en cuanto otorga prioridad a la pregunta ante la respuesta. La Filosofía narra las vivencias de un sujeto particular, en su cuestionamiento propiamente humano, y al mismo tiempo abre las puertas al futuro del saber, a su discurrir a través de la historia, en cuanto que precisamente es consciente del aspecto contingente del saber, pero al mismo tiempo, consciente de la universalidad que abraza el saber humano.

Por ello, que Kant dijese aquello de que lo importante no es aprender Filosofía, sino aprender a filosofar; porque no sólo se trata de un saber en un sentido teorético, sino que hunde sus raíces en la praxis, en la acción; y Marx animase a los filósofos a dejar de analizar el mundo, y comenzar a transformarlo.

No son pocas las experiencias que a día de hoy, por todo el planeta, se dan respecto a la inclusión de una formación filosófica desde épocas tempranas de la educación humana. Ya hay experiencias de Filosofía en aulas con humanes de entre 3 a 5 años, con resultados favorables, que causan un aumento de la reflexión, ayudan a saber cuestionarse, enseñan a dialogar correctamente, y desarrollan habilidades cognitivas, emotivas y sociales, que les ayuda a elaborar pensamientos críticos y creativos. Esto muestra que no sólo se trata de potenciar un saber reglado, sino más allá de eso, se trata de un factor interdisciplinar y básico desde el punto de vista educativo, que favorece la asimilación de los conocimientos que puedan aportar otras asignaturas, que puedan recibir en sus vidas cotidianas, y que les permita construirse socialmente como personas críticas, difíciles de embaucar, y que se sientan atraídos a saber más sobre cualquier aspecto de la realidad.

Hoy en día, vivimos en un periodo de información masiva, de “fake news”, de sectarismo político, de ideologías frustradas y posverdad. Se nos dice, a través de múltiples medios, lo que debemos consumir, lo que debemos hacer, cómo lo debemos hacer, y que debemos pensar. Son necesarias las herramientas que sólo una formación filosófica proporciona, y por supuesto, incluir esta formación de modo que atraviese toda la educación reglada de una persona, desde que entre en un aula por primera vez.

Al mismo tiempo, nos enfrentamos a un futuro en el planeta repleto de problemáticas importantes, como es el cambio climático, el aumento de pandemias, el abuso de recursos naturales, las extinciones masivas de seres vivos, etc; las generaciones futuras van a necesitar las herramientas de un saber filosófico para enfrentar estos retos, para lidiar con aspectos de nuestra naturaleza, de nuestra relación con el medio en el que habitamos, la Tierra, y para enfocar nuevas formas de vivir en el planeta, de alimentarnos, de desplazarnos o de relacionarnos.

En conclusión, las personas que nos dedicamos a la Filosofía en España, llamamos a un debate social, y a una valoración de la Filosofía que la posicione en el lugar que merece, como intersección de todo proceso educativo y de la adquisición de saberes, pues en definitiva, ¿Cómo vamos a aprender a saber, si no aprendemos a amar el saber? Sin olvidar que el saber científico, y el desarrollo técnico, ha sido muy importante para la humanidad, pero que la pregunta de “¿Qué es la ciencia?”, es una pregunta profundamente filosófica; pues la ciencia se ocupa de los hechos, pero la Filosofía de todo lo demás.

Tal y como se puede ver en la película documental de Jean-Pierre Pozzi, de 2010, Ce n´est qu´un debut, traducida en castellano como Sólo es el principio, animar a una clase con edades entre los 3 y 5 años a hacer filosofía, es abrir a pequeños humanes un vasto universo de preguntas, dónde poder realizar cuestiones que normalmente no se abordan en el sistema educativo hasta Bachillerato (en el mejor de los casos), posibilitando la autonomía de todas estas pequeñas personas en sus edades más tempranas, para pensar por sí mismos, para elaborar reflexiones sobre ellos y ellas mismas, sobre sus vidas, su sociedad y su cultura, sobre el mundo que les ha tocado vivir; todo ello a través de la importancia de compartir estas reflexiones, establecer diálogos fructíferos, escuchar al otro, defender argumentos, etc.

Fotograma del documental Ce n´est qu´un debut.

En definitiva, la importancia de la Filosofía reside en el hecho de que, como siempre digo, sea inevitable para nuestra especie. Se trata de la mejor herramienta que poseemos para analizar la realidad, sentirnos atraídos por ella, sorprendernos, saborear lo que experimentamos, dejarnos enamorar por el saber, ponerla en duda mediante un pensamiento crítico, huir de dogmas, aprender a asimilar lo cambiante del devenir de nuestras vidas. O lo que es lo mismo, aprender a ser seres humanes, abiertos a los rasgos propios de nuestra propia humanidad: amar el saber, pero sobre todo saber amar lo que somos.

David Ruiz Rosa.

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