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El olivar en seto amenaza al campo andaluz

El vasto crecimiento de la superficie agrícola destinada a olivar super intensivo en Andalucía pone en alerta a jornaleros, pequeños agricultores y ecologistas, preocupados por la reducción del empleo y el daño a la biodiversidad, los recursos hídricos y la tierra.

Como la gran industria agrícola, ASAJA impulsa la expansión de un olivar profundamente mecanizado.

Todolivo, una de las empresas que lidera la plantación de super intensivo, promueve junto a diferentes instituciones estudios científicos de veracidad  cuestionable.

Tras las primeras experiencias en Cataluña con el olivar en seto o espaldera, José María Gómez, propietario de Todolivo, comienza a mediados de los años noventa a colaborar con universidades y escuelas agrícolas para el desarrollo de un producto que, años después, acabaría removiendo los esquemas del campo: el cultivo de olivar super intensivo. En 1999, la empresa realiza las primeras plantaciones. Ocho años más tarde había plantado unas 4.000 hectáreas en tierras de Marruecos, Portugal y España.

Tras la constatación del éxito en forma de reducción de costes, los grandes inversores ponen sus ojos en Todolivo. 

El grupo SOS – Carbonell, por entonces líder del mercado mundial del aceite, adquiere el 50% de la empresa del pionero J.M Gómez y pone en marcha el denominado “Proyecto Tierra”, que plantea la siembra de 100.000 hectáreas en diez años, principalmente en Andalucía, Castilla La Mancha y Portugal. Participado por inversores suizos, saudíes y varios bancos y cajas de ahorros, el grupo planteaba garantizar y estabilizar los precios de su abastecimiento de aceite para los años venideros. Sin embargo, apurado por las deudas, en 2010 SOS-Carbonell vende su proyecto estrella al competidor luso Sovena, segundo del sector aceitero mundial, por 91 millones de euros.

Poco importaba este fiasco parcial. Seguirían la senda de la tecnificación la propia SOS – Carbonell -convertida en 2011 en Deoleo-, Sovena y otros grandes grupos del aceite como Dcoop (antigua Hojiblanca), la sevillana Migasa, u Oli Caimari, líder del sector en las Islas Baleares.

Superada la inflexión de los primeros años, la transformación del olivar sería ya irreversible y determinante para el campo andaluz. Con una producción anual de 1,7 millones de toneladas de aceite, casi la mitad del total que se produce en el mundo, y más de 1,5 millones de hectáreas dedicadas (principalmente, en el conocido como “eje del olivar” que comprende las tierras de Jaén, el sur de Córdoba, el noroeste de Granada, el norte de Málaga y el sudeste de Sevilla), la imparable conversión del olivar tradicional -y de tierras de campiña- al cultivo intensivo y super intensivo ha afectado especialmente a Andalucía, donde cientos de miles de empleos dependen de forma inmediata del sector.

Photo by Julia Sakelli on Pexels.com

Manos cualificadas para empleos que desaparecen

Al reemplazar las tradicionales cuadrillas de jornaleros por una máquina cosechadora que, con solo dos operarios puede llegar a recoger una hectárea de aceituna en dos horas, se produce una notable reducción de gastos. Según el informe que ha publicado en 2020 la Asociación Española de Municipios del Olivo, estos sistemas modernos soportan mayores costes en las tareas de riego, fertilización, control de plagas y enfermedades, poda y desbareto. Sin embargo, el gran ahorro que supone la recolección mecanizada estabiliza los costes respecto a los sistemas tradicionales, y la producción media, de entre 5.000 y 10.000 kgs/hectárea en los intensivos y super intensivos, y 1.750-6.000 kg/hectárea en los tradicionales, rompe la balanza a favor de la intensificación productiva.

Pedro Barato, presidente nacional de ASAJA, aseguraba en el II Smart Agrofood Summit celebrado en Málaga el pasado año que “la recolección moderna [de olivar super intensivo] tiene un coste de 6 céntimos por árbol mientras que en la tradicional el coste se mantiene en torno a los 24 céntimos”. Con rotundidad, tanto ASAJA como los diferentes actores implicados basculan sobre un argumento en apariencia indiscutible: además del aumento de producción, al convertir éste en un proceso intensivo, la reducción de costes implica un incremento del beneficio de las explotaciones agrícolas a corto plazo, y una disminución del volumen de jornales cada campaña.

Como sucediera en los años sesenta y setenta del siglo pasado, esta segunda revolución tecnológica de la agricultura andaluza está expulsando del campo y, concretamente, del olivar, a miles de trabajadores de la tierra que son y serán sustituidos por máquinas más eficientes. Al tiempo que los viejos trabajos colectivos de recolección desaparecen paulatinamente con la mecanización, surgen otras labores para nuevos perfiles profesionales: ingenieros agrónomos “digitales”, analistas de datos, o especialistas en robótica y tecnología de precisión, sembradores… El cultivo super intensivo solo requiere pocos trabajadores profundamente especializados.

El final de la historia para millones de jornaleros en todo el mundo. Trabajadores que tienen manos altamente cualificadas para desempeñar trabajos que desaparecen, y carecen de la formación precisa o la posibilidad de acceso a las nuevas materias. Como explicaba la exministra y gurú de la innovación tecnológica Cristina Garmendia en el mencionado encuentro de Málaga, nos encontramos “frente a un escenario tan disruptivo en lo ambiental, lo social y lo tecnológico como la invención de la agricultura hace 10.000 años, y la desaparición de tareas, como eufemismo de trabajo, tendrá en la población un impacto brutal”.

En 2020, según AEMO, la Asociación Española de Municipios del Olivo, el 29% de la superficie agrícola dedicada a olivar está ya ocupada por cultivos en seto de carácter intensivo y super intensivo.

Empresa – Universidad – Administración

En esta revolución dirigida juega un papel fundamental la alianza que las empresas han alcanzado con universidades y administraciones públicas, ávidas de financiación y quimérico progreso. Las mismas compañías dedicadas a la plantación de estos cultivos modernos, como Galpagro o Todolivo; las grandes multinacionales del sector agroalimentario, como Deoleo; las mayores firmas de maquinaria y tecnología para el campo, como Bosch o Jhon Deere, y asociaciones de agricultores como ASAJA, van de la mano de universidades como la de Córdoba y de administraciones como la Junta de Andalucía para mecanizar y digitalizar el campo. Así lo narra Fran Gálvez, CEO de Galpagro, empresa cordobesa originalmente dedicada a fitosanitarios y semillas:

“Europa y las empresas y universidades que lideramos la modernización de la agricultura ejercemos un papel clave. Se ha creado una alianza: Administración-Empresa-Universidad que lo está cambiando todo. Una transferencia de conocimientos entre todos nunca visto. Prueba de ello son los nuevos Master de la Universidad de Córdoba y Sevilla sobre transformación digital del sector agroalimentario. Creará un nuevo concepto de ingeniero agrónomo necesario para llevar a cabo esta modernización.”

Planes formativos y títulos que las instituciones públicas diseñan a la medida de una industria que florece. Una industria privada que se alimenta del conocimiento y la financiación de las estructuras estatales, soportadas con tributos colectivos. Pero, además de la reducción de costes, de la pérdida masiva de trabajos tradicionales y de la creación de nuevos puestos de empleo altamente especializado, ¿Qué implica esta revolución del olivar?

Photo by ROMAN ODINTSOV on Pexels.com

Aves

Una gran amenaza para aves esteparias que son objeto de protección, como la avutarda, el sisón, el alcaraván, la canastera común, el cernícalo primilla o el aguilucho cenizo. Ecologistas en Acción prepara una queja a la Unión Europea por los permisos que la Consejería de Agricultura primero, y la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir después, vienen concediendo para la transformación de los cultivos herbáceos que constituyen el hábitat de estas especies en cultivos leñosos, especialmente de almendro y olivar en seto con regadío. El grupo ecologista denuncia que, en la comarca comprendida entre Osuna, Estepa, La Lantejuela, Marchena y Écija, hasta hace poco una planicie cerealista, esta impetuosa dinámica de conversión agrícola está dibujando un paisaje nuevo sobre miles de hectáreas, y acelerando la destrucción de una Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) que formaba parte de la Red Natura 2000.

La alta biodiversidad de los olivares tradicionales también está siendo mermada en los nuevos cultivos por tres factores fundamentales. Según señala el Instituto de Agricultura Sostenible, dependiente del CSIC, el primero es el impacto de plaguicidas como el Dimetoato o el Fenoxycarb sobre invertebrados, cuya reducción poblacional afecta directamente al resto de vertebrados que se alimentan de ellos en este ecosistema. El segundo, la eliminación de las cubiertas vegetales espontáneas mediante el uso de herbicidas o laboreo continuo, que acaba con la diversidad floral y reduce las posibilidades de desarrollo de todas las especies que se alimentan o anidan en esta vegetación. En tercer lugar, la evidente reestructuración de las plantaciones reduce la diversidad estructural del olivar, eliminando pedregales, zonas de matorral, linderos o zonas de arboleda consideradas improductivas.

En los últimos años se están implementando labores compensatorias impulsadas por la Política Agraria Comunitaria, la PAC, que consisten en el mantenimiento de cubiertas vegetales entre los árboles, para combatir además la pérdida de tierras fértiles derivada de la erosión del suelo; el mantenimiento de las lindes, enfocadas como refugio de vida; o la disminución de la caza y del uso de fertilizantes, pero su contribución al mantenimiento del entorno, cuando es inalcanzable la mejora, parece limitada.

La segunda gran amenaza para las aves llega con la recolección. La frondosidad de estos olivos arbustivos confiere seguridad a otras muchas pequeñas especies migratorias que, desde la llegada del verano hasta bien entrado el otoño, pernoctan en Andalucía antes de viajar al sur. La recogida mecanizada no afecta durante el día, pero se hace terrible al caer la noche, “cuando estos importantes contingentes de aves se encuentran dormidas y vulnerables en los setos de olivar que son cosechados, sin margen alguno para poder escapar. Tal es así al estar además ayudados de focos y faros de luz, lo que ciega a las aves e impidiendo su escape. Por esta razón la normativa andaluza y nacional prohíbe terminantemente utilizar focos de luz en horas nocturnas para la caza de pequeñas aves, a tenor de su enorme vulnerabilidad en estas condiciones”, reza el controvertido informe elaborado por la Junta de Andalucía el pasado año del que medio mundo se hizo eco. Casi 3 millones de zorzales, lavanderas, petirrojos, verderones, mosquiteros, jilgueros y pardillos son absorbidos por las máquinas cada temporada.

La rápida conversión de estos parajes también pone en peligro a otras especies que desarrollan su ciclo vital en el olivar tradicional, que al igual que el paisaje estepario también está sufriendo una brutal regresión en los últimos años, al ser arrancados miles de olivos centenarios para plantar olivar en seto, destruyendo el hábitat por excelencia de rapaces nocturnas como el mochuelo, el autillo o la lechuza, antaño muy comunes en nuestros olivares. Estas especies ya vieron mermadas drásticamente sus poblaciones en las últimas décadas debido a varios factores, entre ellos el auge del automóvil, al ser atropelladas en sus vuelos nocturnos en los miles de kilómetros de carreteras secundarias que cruzan nuestra geografía, provocando un descenso que las ha dejado al borde de la desaparición en muchas zonas. La conversión del último reducto de estas especies a olivar intensivo o super intensivo puede constituir la firma de su sentencia final. Otras especies como el conejo, la perdiz roja o la liebre, entre las más emblemáticas del paisaje ibérico; lagartos ocelados, lagartijas ibéricas; culebras bastardas, de escalera y de herradura; ratones, lirones caretos, zorros y tejones, ginetas y comadrejas también son víctimas de este cambio imparable.

Recursos hídricos

El agua es un bien tan fundamental como escaso en Andalucía. La comarca de la Axarquía, entre Málaga y Granada, con el cultivo masivo de frutas tropicales; la provincia de Huelva, con sus frutos rojos contiguos a Doñana, y la Almería del mar de plástico son las principales zonas de afectación. El objetivo habitual de los -pocos- focos mediáticos que atienden esta urgencia. Pero, las tierras comprendidas en la Demarcación Hidrográfica del Guadalquivir presentan un deterioro similar: al menos 29 de las 86 masas de aguas subterráneas existentes se encuentran en mal estado cuantitativo debido a los abusos agrícolas, responsables del 95% de las extracciones en el territorio.

Esta sobreactividad extractiva genera diferentes daños en las capas superficiales y subterráneas de agua: el descenso del nivel freático conlleva un empeoramiento directo de su calidad, además de afectar a ecosistemas terrestres dependientes del agua subterránea, alterar la dirección del flujo de líquido por la intrusión de aguas salinas, o incluso provocar la eutrofización de masas de agua, un proceso grave que tiene lugar cuando la alta concentración de sustancias químicas provenientes de los fitosanitarios aplicados en la agricultura -o de los desechos que producen ciudades e industrias- reduce la cantidad de oxígeno en el agua hasta provocar la falta o ausencia (hipoxia o anoxia) de O2 en los seres vivos, esquilmando la biodiversidad natural.

Según el último informe de la Junta de Andalucía, el motivo mayoritario del aumento del consumo de agua subterránea y superficial, almacenada en embalses o albercas privadas de riego, es “la puesta en riego de miles de hectáreas de olivar en riego deficitario por goteo

usando aguas subterráneas. Aunque ha supuesto un importante progreso en el mundo rural, contribuyendo a fijar población en zonas marginales y a evitar un éxodo como el que se ha producido en otras zonas de España, este incremento ha tenido un coste: el descenso de niveles piezométricos en numerosos acuíferos de la cuenca.”

Destacan negativamente, dentro de la ya preocupante situación general de la Demarcación Hidrográfica del Guadalquivir, la Loma de Úbeda, con presiones muy superiores a los niveles de extracción renovables; la zona del Guadiana menor entre Almería y Murcia, tras la reconversión de la agricultura tradicional; o las comarcas de Écija y de Estepa, con Casariche o La Roda como ejemplos de poblaciones donde las capas freáticas de sus masas de agua subterránea han descendido tanto que los sondeos habituales están dejando de ser funcionales a un ritmo vertiginoso. Con el cultivo intensivo del olivar de regadío, cada día se profundiza más, para encontrar menos agua y de peor calidad, y así, cada día nuestra tierra se acerca más al desierto.

Cuando estos daños estructurales coinciden con otros coyunturales como las altas temperaturas y la escasez de lluvia, el devenir se complica. En 2019, este cúmulo de circunstancias generó en Andalucía, Extremadura y Castilla y La Mancha una crisis notable en el sector agro-ganadero: graves afectaciones en los cultivos de olivo, vid, cereales y leguminosas; animales sin agua ni pastos que echarse a la boca.

Erosión y pérdida de la tierra fértil

Aunque el olivar no es, en términos generales, uno de los cultivos más afectados por la erosión, el exceso en la irrigación o el laboreo y la aplicación de herbicidas o insumos químicos diseñados para eliminar las plantas no deseadas alteran la estructura del suelo, favoreciendo estos procesos de escorrentía y desgaste sobre la superficie de los olivares, sobre todo aquellos ubicados en zonas con desnivel, y la consiguiente pérdida de suelo vivo. Estos lodos, ricos en materia orgánica, contienen y arrastran además los restos de abonos y otros químicos agrícolas que, como la muerte de Manrique, descienden a los ríos que van a dar a la mar.

Y no mirando a nuestro daño, corremos a rienda suelta, sin parar; cuando vemos el engaño, y queremos dar la vuelta, no hay lugar. Pues, vemos lo presente como en un punto se es ido y acabado, si juzgamos sabiamente, daremos lo no venido por pasado.

Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, contemplando, cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando.

Por Miguel Ángel Laguna.

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