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Los niños rotos de Sabha

I

El todoterreno aminoró la marcha para adentrarse en un barrio triste de las afueras de la ciudad. La mitad de las construcciones yacían inconclusas, con estructuras desnudas y cables descolgados. Las viviendas habitadas no presentaban mucho mejor aspecto. Cedric, atento a la ventanilla, pensó que allí debía vivir muy poca gente. Tras un cuarto de hora deambulando por las calles grises, la curiosidad le pudo.

-¿Crees que nos esconderemos aquí? -preguntó en voz baja a Nayah. La chica llevaba horas sentada sobre Abédi, encorvada contra el techo y sin espacio donde encajar las piernas, pero en silencio. -Nayah… -insistió Cedric. 

-¡Shhh! -le espetó.

El conductor detuvo súbitamente la marcha frente a una especie de garaje con techos de uralita. Miró a un lado y al otro para comprobar que nadie los veía, y apagó las luces. La chica, visiblemente inquieta, hizo una mueca resuelta a Cedric para que se mantuviera callado. Sabha solo era una ciudad de paso para ellos. Qué importaba dónde fueran a esconderse.

La vieja puerta metálica de la cochera se abrió quejosa y el todoterreno avanzó en la penumbra. Abédi apretaba con la mano izquierda la pierna de Cedric, sentado a su lado; con su mano derecha se aferraba a las manos de Nayah. A través de los polvorientos cristales solo lograban ver sombras en un espacio difuso. Una hilera de bombillas de luz anémica advertía la profundidad de un pasillo.

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-¡Bajad, negros! -gritó una voz áspera al tiempo que se abría el portón trasero.

Del maletero cayeron aturdidos los tres primeros. Chicos menudos que por su condición habían hecho el trayecto en el minúsculo espacio habitualmente reservado para las maletas. Conforme estuvieron de pie, todavía sin resuello, fueron conducidos a golpes por el tenebroso pasillo. A los que viajaban en las dos filas delanteras apenas les dio tiempo a mirar atrás. Cuatro rostros sombríos se afanaban, machete en mano, por hacerlos bajar apresuradamente. En unos segundos, Abédi, Nayah, Cedric y otros tres hombres algo mayores corrían la misma suerte que sus compañeros en la sala contigua. Una puerta se cerró tras ellos y quedaron de pie, aterrorizados, en la más absoluta oscuridad. ¿Qué demonios había pasado? Un húmedo olor a heces inundaba el aire como penitencia. Cedric trataba de contener el llanto, pero le ardían los golpes en la espalda y en la dignidad. Abédi, Nayah y el resto seguían inmóviles, todavía conmocionados.

Transcurridos unos minutos interminables, una voz de niño, muy cercana, susurró a los recién llegados.  

-¡Eh, sentaos! Si vuelven esos desgraciados será mejor que no os encuentren así. De verdad, será mejor para todos-.

Obedecieron, pero nadie respondió. Ni siquiera podían ver quién les hablaba.

-¿Habláis francés, verdad? -añadió el joven que parecía acogerlos. El único que se había manifestado entre aquel grupo etéreo cuyo aliento se intuía en la habitación.

-Sí. Pero… No entiendo nada… ¿Dónde estamos? -masculló espontánea Nayah.

El chico misterioso vaciló un instante. Era evidente que no le resultaba fácil relatar lo que sucedía en el interior de aquella granja de esclavos.


II

-¿Crees que Dios nos estará viendo? -susurró Abédi mientras se tumbaba junto a Nayah.

-Qué preguntas haces, chico… ¿Tú también tienes miedo? -respondió ella.

-Solo me preguntaba si nos estará viendo.

-¡Claro que nos ve! -le susurró efusiva-. Tranquilo, estará con nosotros. Nos quedan unas horas, ¿te das cuenta? Después de todo lo que hemos pasado…

Las manos de Nayah, todavía suaves, acariciaban la arena. Llevaba meses viajando con Abédi, lejos de casa, y apenas habían podido disfrutar de intimidad. Siempre aparecía alguien para molestar, algún obstáculo. Lo poco que necesitaban no parecía tan difícil de conseguir. No al menos cuando planearon escaparse juntos. Sin embargo, la vida siempre se había mostrado ante ellos con dureza.  

-Un trabajo, una habitación para nosotros… No quiero más, cariño. Creo que Dios sabe que lo merecemos -continuaba la chica.

-Pronto estaremos así, Nay, en Milán… ¿No era allí donde querías que fuéramos?

Ella le hizo un gesto cariñoso. A pesar de la desdicha, allí estaban. Por primera vez frente al mar. Sin los impertinentes de sus hermanos. Y sin pretenderlo, hasta habían dejado atrás a Cedric, el chico que los había acompañado en la huida interminable desde que abandonaron el pueblo. ¿Qué sería de él? Lo perdieron de vista en un cocherón lúgubre de Sabha y no se les había permitido siquiera preguntar. Lo último que sabían es que ni él ni su familia podían comprar su libertad. Ahora que estaban fuera llevaban la cárcel por dentro.

-¿Tú crees que estará bien? -preguntó Nayah antes de volver a perderse en la nostalgia. No esperaba una respuesta que su chico no podía ofrecerle.

Las reflexiones de uno y otro se desvanecieron minutos después. Unas luces en el agua alertaron súbitamente a Nayah, Abédi y a otros veinte o treinta que esperaban agazapados en la bruma. El veneno paralizante de la duda ayudó a que se mantuvieran inmóviles durante unos segundos que podían ser claves. ¿Era la señal que esperaban, o los temidos focos de la Guardia Costera?

Cualquier fallo tendría terribles consecuencias si se trataba de guardacostas. Todo el mundo sabe cómo se emplean esos malnacidos. Además de apresarlos, más de uno recibiría la paliza de su vida. Poco importaría el porqué.

-Espera, espera-parecía decirse a sí mismo Abédi.

Finalmente, dos destellos consecutivos confirmaron que había llegado la hora. Los chicos corrieron prestos hacia la orilla, a escasos cien metros. La oscuridad y la calma de una playa aparentemente desierta habían desaparecido dando paso a un tropel de linternas nerviosas. Como los demás, Nayah y Abédi querían ser los primeros. Cómo dejar escapar siquiera un segundo.

La embarcación se detuvo a unos metros de la orilla. Desde la borda saltó alguien con pasamontaña y un viejo fusil a la espalda que, sin pausa, comenzó a gritar con desdén a los rezagados en una lengua que debía ser árabe, o bereber. Los chicos no entendían nada.

-¡Vamos, cariño! -exclamó Nayah después de encaramarse a la embarcación.

Abédi necesitó ayuda para subir a la popa. Estaba junto al motor, un cacharro astroso de sal en cuya carcasa se podía leer “Holidays 4.5”. El mísero hueco que quedaba para sus piernas, no mayor que un balde, lo ocupaba una garrafa que, pensó, debía ser combustible. Nayah había tenido más suerte. Las mujeres suelen tener reservadas las zonas centrales, más seguras.

Aquel extraño del pasamontaña seguía ladrándoles y haciendo aspavientos desde el agua, pero qué sabía la asustada tripulación de navegar… Impaciente, volvió a colgarse el fusil y se acercó hasta Abédi y los hombres que se agolpaban a su lado. Sacudió la correa del motor con violencia y observó como la patera se perdía en la oscuridad.


III

La brisa veraniega de la tarde, como el trinar de los pájaros, desaparecía con la noche abisal del Atlas. El pequeño Sidi, recostado bajo el taraje, entreabrió los ojos. Debía ser medianoche y Cedric le susurraba nervioso:

-Sidi, hermano, tenemos que irnos.

Como habían convenido horas antes, los chicos trataron de levantarse con esmerado silencio, pero el crujir de las ramas y de sus huesos húmedos parecía querer delatarlos. Sidi, todavía adormilado, sacó un papel del bolsillo de su vieja chaqueta. Era una hoja de cuaderno con algunas líneas de lápiz. Quizás una carta o alguna suerte de mapa que había guardado con celo.

-Espera -murmuró. Volvió a comprobar que el mal hacer del tiempo no hubiera borrado las señas, y dirigió una mirada honda a su compañero. – ¿Quieres verlo antes de cruzar?

-No, no deberíamos retrasarnos más -respondió con determinación Cedric antes de iniciar la marcha.

Poco quedaba en él de la alegre inocencia con la que inició el camino. Se había esfumado violentamente en Sabha, tierra de los niños rotos y, finalmente, en Trípoli, donde se encontró con la fatal noticia de la desaparición de Nayah y Abédi. Ahora quería huir lejos del dolor, tan lejos como le alcanzaba la vista desde el antiguo muelle de Mers el-Kébir, cerca de Orán, donde permaneció escondido con Sidi las últimas semanas antes de aventurarse en la montaña. Sin ilusión ni reparo al peor de los fines, el niño huérfano de Argelia y el nadie de Camerún marchaban despacio entre las zarzas.

Completaron con sigilo el primer kilómetro. Ensimismados, uno con el sutil silbido del viento, las sombras y el maldecir de las piedras a su paso; el otro, sumergido en la memoria profunda. El pueblo, sus amigos y, definitivamente, la última llamada a su madre. Consciente de la gravedad de su silencio, Cedric empezaba a digerir que, para ella y sus dos hermanos, bien podía estar muerto. Conforme dejaban atrás la espesura del matorral, los pensamientos del chico desaparecían dando lugar al espanto. Sidi y él habían aminorado el paso en los últimos cien o doscientos metros. El tramo más peligroso del camino se presentaba ante ellos: una loma, un horizonte raso de piedra y estrellas en apariencia inofensivo en el que, decían, se acurrucaba el diablo.

-¿Dónde estará el primero? –susurró Cedric mientras se arrodillaba despacio.

Sidi, tembloroso, no acertó a responder, aunque intuía que no debían andar muy lejos. Los supervivientes con los que habían convivido día y noche en aquel zulo de Libia, veteranos en el limbo de las fronteras, sufrían pesadillas con la oscuridad y las cadenas. Contaban historias de perros hambrientos que arrastraban a los hombres al infierno. Los chicos, desvelados más de una noche por los alaridos de angustia, se encontraban ahora en el escenario de tan terribles delirios.

-Yo iré por delante – resolvió Cedric-. No te separes de mí, ¿de acuerdo? 

Su compañero asintió y anduvieron dubitativos los primeros pasos. El pulso se disparaba y la noche, como un prólogo eterno, parecía detenerse. Estaban en tierra de nadie y sin más luz que la que ofrecía la luna. ¿Qué podían hacer si esas bestias los escuchaban? Solo cabía seguir adelante. Caminaban cada vez más rápido, sabiéndose cada vez más cerca de aquella única roca que contrastaba con el fondo. Era la última referencia del viejo mapa de Sidi. Un paso, tras otro, el pánico empezaba a transformarse en euforia cuando un rugido inmediato dejó petrificado a Cedric. El rumor metálico de las cadenas chocando con las piedras acompañó la cadencia fatal.

-¡Cuidado! -gritó temeroso.

De la negrura emergió un demonio con enormes colmillos blancos que se abalanzó contra su pecho y le rozó el cuello. El impacto seco lo tumbó de espaldas apenas unos centímetros fuera del alcance del perro. Cuando todavía intentaba zafarse en el suelo, Sidi, expeditivo, apareció por su espalda y lo arrastró a un par de metros de las sonoras dentelladas. Habían escapado de milagro del primero, que alertó al resto de sabuesos.

Por un momento, el reflejo de la luna en las cadenas dibujó frente a ellos una frontera infranqueable. Todos los perros se revolvían violentos sobre un mástil metálico clavado en el suelo. Al girar sobre su centro, dibujaban macabros círculos. Una diabólica invención del hombre para cerrar el paso de la cordillera del Atlas, desde Argelia a Marruecos, a los nadies que osaban intentarlo. Las esferas de la muerte aparecían y desaparecían ante la perplejidad de Cedric y su compañero. ¿Cuántos inocentes habrán sucumbido en las fauces de aquellos espantosos animales?

Miguel Á. Laguna.

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